Tiendas de ultramarinos

«La tienda verde» era un pequeño establecimiento situado en un castizo barrio madrileño. Su bonita fachada conservaba la estructura original de madera con la que se había inaugurado hacía más de 25 años, y estaba pintada de un verde luminoso, o sea, del mismo color que le daba nombre. Además, en uno de sus laterales, aún pervivía una huella de la guerra civil: una flecha pintada con trazo grueso, debajo de la cual podía leerse: «AL REFUGIO». Continuar leyendo “Tiendas de ultramarinos”

Julie Andrews: un ángel caído del cielo

Quizás fuese la edad, quién sabe, pero lo que debo reconocer sin pudor alguno es que, con apenas 10 años, estaba perdidamente enamorado de Julie Andrews. Lo que ya no tengo tan claro es si quien me gustaba de verdad era ella o aquellos deliciosos personajes que interpretaba allá por mediados de los 60. Seguramente sería esto último, porque a esa «temprana edad» era difícil no sentirse atraído por la encantadora Mary Poppins, aquella niñera con poderes mágicos que lo mismo te ponía firme que, sin venir a cuento, te cantaba «Con un poco de azúcar», «Migas de pan» o «Supercalifragilisticoexpialidoso». Desde luego, en aquel tiempo, hubiera deseado con todas mis fuerzas ser un revoltoso incontrolable, y que mis padres no hubieran tenido más remedio que contratar a una niñera como aquella. ¡Aunque para niñeras andábamos en casa!

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Vuelta ciclista… con chapas

Las chapas eran, sin duda, una de las “grandes atracciones” de aquellas largas y entretenidas vacaciones de verano de mediados de los años 60 (o de la época que cada uno recuerde). Pero, como no solo de fútbol se vivía entonces, había que darle distintas alternativas.

Entre ellas, la que más solía gustar era la de disputar, durante varios días seguidos, una “vuelta ciclista”, sustituyendo, claro está, las bicicletas por chapas, que lo cosa no daba para más. ¡Ya hubiéramos querido entonces tener nuestras propias bicicletas para echar carreras, pasear con ellas o lo que se terciara!

Pero como no era el caso, pues allá que andábamos con nuestras chapas compitiendo en carreras por etapas, como en la Vuelta, el Tour y el Giro, aunque esta última aún nos seguía pareciendo demasiado lejana. Y con esas, cada uno escogía su equipo favorito (Bic, Fagor, Kas…) y a sus ciclistas favoritos, que casi siempre eran españoles (Manzaneque, Julio Jiménez, Gómez del Moral, Pérez-Francés, Gabica…), quizá porque a los extranjeros, como Poulidor, Gimondi, Jan Janssen, Rik van Looy o Planckaert, todos ellos franceses, italianos o belgas, le teníamos algo de tirria, todo sea dicho. Y es que entonces, salvo raras excepciones, los ciclistas foráneos ganaban siempre, aunque bien que nos desquitaríamos luego.

Con todo preparado, iniciábamos la “apasionante” competición, a la que no le faltaba de nada: línea de salida, meta, rectas, curvas… y hasta pequeños montículos que hacíamos con arena. Y es que, como en toda buena carrera ciclista, digo, con chapas, había etapas llanas y de montaña, para que todo fuera un poco más real y el tiempo de aquellas largas y entretenidas vacaciones más emocionantes aún si cabe.