Tiendas de ultramarinos

«La tienda verde» era un pequeño establecimiento situado en un castizo barrio madrileño. Su bonita fachada conservaba la estructura original de madera con la que se había inaugurado hacía más de 25 años, y estaba pintada de un verde luminoso, o sea, del mismo color que le daba nombre. Además, en uno de sus laterales, aún pervivía una huella de la guerra civil: una flecha pintada con trazo grueso, debajo de la cual podía leerse: «AL REFUGIO».

«La tienda verde», en realidad, era como muchas aquellas tiendas de ultramarinos que, durante los años 50, salpicaban las calles de las ciudades, y que para la mayoría de los españoles era su «centro de avituallamiento». En ellas era posible encontrar casi de todo, salvo algunos productos, como leche o carne, que tenían sus propias tiendas especializadas. No faltaban, por ejemplo, los sabrosos arenques, que siempre estaban expuestos a la entrada de la tienda sobre un barril de madera, ni las legumbres «con denominación de origen», como las deliciosas judías de El Barco de Ávila, ni las especies, la cecina, las sardinas o el bonito en lata, el bacalo seco, la mortadela o aquellas irrepetibles galletas de vainilla.

Toda esa infinita variedad de productos, además, se fundían misteriosamente para crear un aroma inconfundible difícil de describir, pero que atrapaba cuando uno entraba en la tienda.

Y allí enfrente, su dueño, por lo general un tipo entrado en años, con su bata gris marengo y un lápiz bien ajustado a la oreja, dispuesto a «ajustar cuentas», austeramente amable, eficaz y poco «fiable»; bueno, en el sentido de que fiar lo justo, que no estaba el horno para bollos, pero con quien la confianza era algo irrenunciable.

2 comentarios sobre “Tiendas de ultramarinos

  1. Maravillosos recuerdos genialmente descritos. Por un momento he percibido el aroma de mi “tienda” de barrio, donde compraba la onza de chocolate Loyola con avellanas para merendar con el pan. Gracias por alegrarme esta tarde de tormenta. Un saludo.

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    1. No sabes lo feliz que me hace que, por lo menos, haya conseguido “alegrarte esa tarde de tormenta”.
      Solo invitarte a que sigas leyendo el blog y, de vez en cuando, continúes encontrando momentos de felicidad.
      Gracias, Pepe

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