«Quousque tandem abutere, Catilina…?»

Aunque parezca increíble, en el bachillerato que yo estudiaba dábamos tres idiomas: lengua española, francés ¡y latín! Sí, latín, esa «lengua muerta», que se dice hoy día, en la que está la raíz de la mayoría de las palabras que utilizamos en español; bueno, y también en francés, italiano, rumano…, o sea, en las que, obviamente, se conocen como «lenguas latinas».

Y, desde luego, no era mala razón para que en otros tiempos se intentara que el latín no estuviera muerto, sino más bien vivito y coleando, aunque también hay que decir que no a todos los chicos y chicas que lo estudiaban se les daba bien. A muchos se nos atragantaba lo de las cinco declinaciones, entre las que la reina era sin duda la primera, con su famosa «rosa rosae», que con tanto primor y esmero aprendíamos y recitábamos. Pero también estaba lo del nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo, ablativo y locativo, que nos volvía locos a la hora de construir una frase o de traducirla.

Catilinarias_2Esto último era toda una aventura, un laberinto del que difícilmente salíamos airosos, porque lo más normal era enredarse con quién era de verdad el sujeto, qué narices hacía y dónde se encontraba, o cosas parecidas. ¿Qué no? Pues a ver quién es el guapo que se atreve ahora a traducir: «Non omnes milites gloriae pugnant»; o sea, «No todos los soldados luchan por la gloria». ¿A que parecía fácil?

Pues así casi todos los días durante largos años, que ya tiene mérito.

Sin embargo, ya en la distancia, la verdad es que no parece que fuera mala idea lo de aprender latín, que en realidad no era otra cosa que adentrarnos en las entrañas de nuestro idioma. De hecho, incluso hoy día, seguimos manteniendo expresiones latinas de uso bastante común, como «rara avis», «alter ego», «currículum vitae», «alma mater», «sui géneris»…, y tantas y tantas otras más.

Pero, de toda aquella «profunda» experiencia latina, lo que aún me emociona es volver a leer o escuchar aquello de: «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?»; es decir, «¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?», la célebre frase con la que comienza la primera de las Catilinarias, que son los cuatro históricos discursos que Cicerón pronunció en el Senado, después de descubrir la conjura encabezada por Catilina. ¡Si es que lo que no se aprendiera estudiando latín!

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