¡La leche, en la lechería!

Ahora que tanto se habla de especialización, no estaría de más recordar que hubo un tiempo en el que, al menos en lo que a cuestiones de alimentación se refería, la venta de casi todos los productos estaba perfectamente «especializada». Quiero decir con eso que, a diferencia de hoy, en que la mayoría de las cosas están centralizadas en un gran superficie, salvo excepciones que ahora no vale la pena referir, todo el mundo tenía claro adónde debía dirigirse para comprar un producto. Es decir, para que nos entendamos: una barra de pan, a la panadería; un kilo de plátanos de Canarias, que eran los únicos que entonces degustábamos, a la frutería; un kilo de cinta de lomo, a la carnicería; una docena de huevos, a la huevería; mitad de cuarto de «mortadela sevillana», que tanto les gustaba a las madres darnos para merendar, a la charcutería, y, por último, para no ser demasiado reiterativo, un litro de leche, a la lechería. ¡Pues más claro, agua!

agustina
Poblado de Refinería (Murcia): «Agustina, ¡sin el pelo blanco!, está rellenando los cántaros y botellas de leche. Detrás podemos ver a su hija Sole», como bien detalla Javier Martín Albaladejo en su estupenda web (http://lapaginadelpoblado.webcindario.com).

Y, desde luego, este alto grado de especialización merecía la pena. ¡Vaya si la merecía! En lo que a la lechería se refiere, por ejemplo, no había mayor placer gustativo y emocional que entrar en una de ellas para comprobar la excelencia de los productos lácteos que se vendían en ella. ¡Esa leche fresca, por Dios, que parecía recién ordeñada, o esa otra «pasteurizada» con su natita y todo que sabía a gloria bendita! ¡Esos yogures naturales en tarros de cristal que se derretían en la boca…! En fin, productos de leche, leche, que al fin y al cabo eran los únicos que sabían elaborar en aquella tienda blanca y radiante, como una novia, que había en cada barrio y que no podía llamarse de otro modo: ¡lechería! Bueno, o «vaquería» en ciertos lares, que el origen y el objetivo eran los mismos. Lechería o vaquería, qué más da, a la que uno iba casi siempre con un recipiente de cristal o una lechera para reponer tan preciado tesoro, porque, afortunadamente, los envases de plástico o de «tetrabrik» aún no se habían inventado.

Y como la emocionante experiencia de la lechería, la de la panadería, la frutería, la carnicería, la charcutería… y tantas otras más que seguro que, en lo que queda de día, nos van llegando pausadamente a la memoria.

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2 comentarios sobre “¡La leche, en la lechería!

  1. … Y el desastre económico que la desaparición de esta especialización ha causado a tantos pequeños empresarios o “tenderos” que se han visto obligados a cerrar (pese a sus magnífica experiencia). Eso sí, dicen que ahora estamos más sanos, pero de diez años hacia atrás no se habla de otra cosa que de colesterol.
    Yo sigo creyendo en la especialización y si puedo voy al mercado, que no es lo mismo que las tienditas que dices Jose, pero que bueno se parecen en algo… y en algún pueblecito perdido del País Vasco y de Extremadura todavía puedes ir a casa de Rufa con tu botellita para rellenar leche recien ordeñada… Pero no se lo digais a nadie…

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