Aquellas preciosas canicas

Me encantaban las canicas, pero no solo por lo de jugar con ellas al “gua”, que era para lo que básicamente estaban destinadas, sino porque me parecían preciosas. En realidad, pensaba que era un milagro que pudieran hacerse aquellas bolas de cristal transparente rellenas de colores. Y, por si fuera poco, las había para todos los gustos: grandes, pequeñas, rojas, azules, amarillas, verdes…, y con todas las combinaciones posibles de tonos, lo que las hacía más atractivas aún.

canicas

Sin duda, aquel efecto psicodélico que tenían cuando las mirabas producía un efecto mágico de seducción, que era difícil encontrar en cualquier otro juguete. Y luego, por supuesto, estaba lo de jugar al “gua”, que tenía distintas variantes. Unas veces consistía simplemente en que cada jugador intentara acercar lo más posible su canica a la raya dibujada en el suelo, como a unos dos metros de distancia desde la que se lanzaba. En otras, la cuestión era tratar de meter la canica en el agujero que previamente se había hecho en el suelo, no sin antes procurar golpear las canicas contrarias, lo que daba derecho a quedarse con ellas.

canicas_2

Y eso, debo reconocer, era un botín muy preciado, solo por el cual merecía la pena jugar al “gua”. Así, los expertos en esta “disciplina deportiva”, que habían desarrollado una gran puntería y precisión disparando “a dar” con sus canicas con el dedo pulgar o con el índice, podían incluso hacerse con un gran tesoro, o sea, un “incalculable” número de bolas en sus bolsillos, que era la envidia de los que jugaban con ellas.

Tal vez por ello, y ante la posibilidad de perder aquellas canicas que tanto me gustaban y que con tanto esfuerzo había comprado, decidí que nada de jugar al “gua”. Al fin y al cabo, el objetivo último, que era tener la mayor cantidad posible de ellas, estaba cumplido guardándolas cuidadosamente en la caja de cartón que con celo escondía debajo de la cama.

4 comentarios sobre “Aquellas preciosas canicas

  1. Pepe, pues gracias de nuevo por la instrucción por lo del juego del “gua”, no tenía ni idea de su existenia. ¿Las conservas todavía? (digo las canicas)…
    Yo jugaba en uno de los pasillos de mi querido colegio (y lo digo emocionada) de San Ramón y San Antonio a los “alfileres”, que también eran de colores y los llamaba “bonis”. Había que tirarlos y que se quedaran uno encima del otro, intentando luego separarlos para ganar la partida (creo que era algo así porque mi pésima memoria me parece que me traiciona).
    Seguro que algún otro “seguidor fiel del blog de Pepe” (posiblemente seguidora) se acuerde mejor que yo y puntualice un poco mis explicaciones… Sería de agradecer… Je, je
    Mayte

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  2. Siento no acordarme de dónde la descargué. Esta entrada del blog la publiqué hace ya unos cuantos años y mi propio retrovisor, por desgracia, no guarda todo en su memoria. Lo siento. Buscaré no obstante a ver si doy con la fuente de la imagen. ¡Ah!, y gracias por haber leído este pequeño pero emotivo recuerdo.

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