Historia de España I: De los íberos a los visigodos

Durante mi «larga y fructífera» etapa escolar, o sea, desde ingreso hasta 6.º de Bachillerato, todos los años dábamos la misma asignatura: Historia de España. Bueno, o esa al menos es la impresión que yo tengo, que certeza absoluta ahora mismo no me queda.

Fuera o no fuera exactamente así, lo cierto es que, como es fácil adivinar, nos sabíamos de «pe a pa» todas las aventuras históricas por las que ha atravesado nuestro querido país. Conocíamos al dedillo, por ejemplo, las peripecias de los íberos, los celtas, los fenicios, los cartagineses, los griegos y, cómo no, los romanos, pueblos muy dignos todos ellos, que nos dejaron un extraordinario legado, social, cultural y artístico, como bien se puede apreciar a lo largo y ancho de la llamada Península ibérica, otrora Hispania y en la actualidad España.

VISIGODOSTambién nos sabíamos, por supuesto, todo lo relacionado con el Reino visigodo, que, según nos explicaban, también tuvo un papel relevante en la construcción de nuestro país. En lo que a este período histórico se refiere, lo que más nos gustaba era aprendernos la lista de los reyes godos, que nos sabíamos de carrerilla, como si fuera la alineación del Real Madrid, del Barcelona o del Atlético de Madrid, que, como hoy, eran los equipos de fútbol que más petaban entonces. Bueno, y la alineación, digo la lista, aún hoy la recuerdo a la perfección. Al loro: Alarico I, Ataúlfo, Sigerico, Walla, Teodorico I, Turismundo —que imaginábamos sería el primer impulsor del turismo en nuestro país—, Teodorico II, Eurico, Alarico II, Gesaleico, Amalarico, Teudis, Teudiselo, Agilia I, Atanagildo, Liuva I, Leovigildo, Recaredo I —posiblemente el inventor de la mensajería—, Liuva II, Witerico, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Suitila…, y así muchos más hasta Don Rodrigo, que ahora mismo voy a consultar en Wikipedia, que no los recuerdo a todos con tanta precisión como pensaba.

De todos ellos, por cierto, el que más nos gustaba a todos por unanimidad era Wamba, seguramente porque nos recordaba bien a esos deliciosos bollos con crema o nata que tanto nos gustaban para meriendas especiales, bien a las zapatillas blancas que utilizábamos en clase de gimnasia.

Eso significa que, disquisiciones históricas al margen, de los visigodos nos quedó un buen sabor de boca, del que todavía hoy conservamos un cierto regustillo.

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