Liga de chapas (y II): Tiempo de juego

… Y después de tantos prolegómenos, ya solo quedaba iniciar la emocionante competición; eso sí, una vez sorteados los equipos, establecido el calendario de partidos y minuciosamente dibujado con una tiza las líneas del campo, con sus áreas, sus zonas de portería y su círculo central, que siempre ocupaban buena parte de la acera de la calle en la que generalmente jugábamos a casi todo. Solo un breve inciso para decir que, en lo que a las portería respecta, lo normal era hacerlas con pequeñas cajas de cartón, aunque yo hasta me atreví a hacer una réplica de las mismas con unos cuantos trozos de madera pintados de rojo, y una red hecha con la malla que traían las bolsas de naranjas.

Por supuesto, los indispensables garbanzos que hacían las veces de balón era una cuestión colectiva, y las reglas que regulaban los partidos eran las establecidas por la “federación de fútbol-chapa veraniego”, ya citada, y que llevaban en vigor hacía ya unos cuantos años; o sea, se alternaba el golpeo de la chapa, salvo que se acertara a dar al garbanzo-pelota, lo que daba derecho a un tiro más; falta si se daba con una chapa a la del equipo contrario sin antes haber golpeado el garbanzo; se sancionaba con penalti cuando el golpeo de la chapa se producía dentro del área de portería; las faltas podían ser de tiro directo, con barrera incluida, cuya ejecución por lo general se hacía colocando el garbanzo entre los dos dedos de una mano y golpeando este con la otra; y tantas otras normas que ahora no recuerdo, como la duración de los partidos, que no sé si era por tiempos o por goles metidos.

Bueno, y ¡qué emoción el día que te tocaba disputar el primer partido! Yo creo que la noche anterior no dormía, deseando despertarme para, a las 11 en punto de la mañana, ya estar en la calle para situar con precisión las chapas de mi equipo en el terreno de juego. ¡Y a jugar…!, mañana, tarde y casi noche, porque había días que nos daban las tantas, lo cual significaba que el árbitro de casa, es decir, nuestra madre, más de una vez estuviera tentada a sacarnos “tarjeta roja”, lo que se sancionaba con un día sin cena o sin postre, en función de si la falta había sido leve o grave.

Y así durante días y días del verano, apuntando en una libreta los resultados y las clasificaciones, siempre con la emoción, en los partidos finales, de saber quién se alzaba con la Liga veraniega de chapas, lo que siempre daba mucho prestigio al que la ganaba. Claro que, si por desgracia perdías, siempre te quedaba la esperanza de ganar la Vuelta ciclista en chapas, competición también de alto nivel, que siempre comenzábamos apenas unos días después de terminar el campeonato de fútbol, justo el tiempo que nos dábamos para preparar el equipamiento conveniente, que en muchas cosas difería del futbolístico. Pero de todo eso ya habrá tiempo de hablar en otro momento…

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