¡Eso no se dice, niño!

Esta claro que, de un largo tiempo a esta parte, hemos venido sufriendo un deterioro lingüístico (¿solo lingüístico?) de dimensiones descomunales. Para empezar, definitivamente se ha impuesto el «estilo Rajoy», o sea, el hemos «llegao», «hemos votao», «hemos ganao»… y os «hemos fastidao», lo cual significa que, a este paso, dentro de poco hasta volverá a ponerse de moda aquello del «Cacao Maravillao». Sí, aquel patrocinador imaginario que aparecía en «Vip Noche», el concurso de TV que se hizo bastante popular allá por los 90, y que era anunciado por el exuberante cuarteto de brasileñas que atendían al nombre de Las Cacao Maravillao, aunque en el nombre, todo sea dicho, era precisamente en lo que menos se fijaba uno. Eso sí, por fin ya no se correrá el riesgo de decir Bilbado en lugar Bilbao, ni bacalado en vez de bacalao, como a más de uno le sucedía cuando pretendía hacerse el «finolis» y demostrar su perfecto dominio de la lengua castellana.

El problema, por rematar ya este asunto, es que, por desgracia, el «estilo Rajoy» no solo lo practica con asiduidad el titular de la cuenta, sino también políticos de todos los colores y tendencias, ciudadanos de a pie de toda estirpe y condición y, lo que es más preocupante aún, profesionales de medios de comunicación, especialmente de radio y televisión, lo que resulta todavía más penoso. Y es que, echando una ligera ojeada al retrovisor, no me imagino a Matías Prats padre diciendo a pulmón abierto: «¡El Real Madrid ha “conquistao” la quinta Copa de Europa!», ni a Jesús Álvarez, padre también, abriendo el “Telediario” que presentaba desde finales de los 50 con algo así como: «Estas son las noticias que hoy han “pasao”».

Además, y por si esto fuera poco, a la destrucción masiva del «participio», que tan noble papel jugaba hasta ahora en la conjugación de nuestros verbos, se ha ido añadiendo con cada vez mayor frecuencia la manera soez y malsonante con la que muchos se expresan de forma habitual, y que en otros tiempos hubiera sido considerado pecado, y no «venial» precisamente. Si antes la palabrota, también conocida como taco, o expresiones de mal gusto eran tachadas cuanto menos de groseras y ordinarias, hoy ya forman parte del vocabulario colectivo, al que cada día se suman más adeptos, en proporción inversa al cada vez menor número de lectores, lo que resulta bastante sintomático y digno de un profundo estudio sociológico.

No se trata, Dios me libre, de que hasta el «caca, pedo, culo» que tanta gracias nos hacía sea tildado de grosero, como sucedía cuando éramos niños y a la censura institucional se añadía la eclesiástica y la materna, lo que no permitía el más mínimo descuido a la hora de hablar. Bueno, salvo que no nos importe demasiado engrosar la lista de candidatos al infierno o estar expuestos a la humillación de que nos froten la lengua con jabón, para dejarla limpia y resplandeciente, como la RAE. Pero sí que convendría, al menos por higiene personal, ir suavizando nuestro lenguaje y, si es menester, volver incluso a la reprimenda del tipo «¡eso no se dice, niño!», que causaba un efecto demoledor.

Por exponer solo algunos casos, que quizá puedan servir de sencillo ejemplo —y discúlpeme el auditorio por tener que emplear alguna que otra palabra malsonante—, por qué no recuperar aquellos sustitutivos de la palabrota a los que en otros tiempos se recurría y que, en esencia, venían a significar lo mismo, pero sin necesidad de enfangar el lenguaje hasta las cejas. Es decir, por qué no recuperar términos como «gilipichis» o «tontolili» en lugar de «gilipollas», o «jolín» en vez de «joder». Tampoco estaría de más —y me disculpo de nuevo por si alguien pudiera sentirse ofendido— volver a utilizar expresiones tales como «vete a hacer puñetas» o «vete a freír espárragos» en vez de la grosera «vete a tomar por culo», o «está chachi piruli», que, aunque parezca algo cursi, resulta mucho más decorosa que «está de puta madre», que parece ser el nuevo estándar de baremo de calificación de las cosas.

En fin, y así podría continuar repasando todo un catálogo de palabras y expresiones malsonantes, pero creo que ya va siendo hora de guardar en el cajón del olvido términos soeces y de muy mal gusto, que tanto deberían dañarnos la estima personal y colectiva, de modo que, con todos mis respetos, hasta aquí hemos «llegao».

PD

Ya habrá ocasión para debatir si se debe seguir empleando la expresión «estar pedo» o sería recomendable usar de nuevo «estar piripi», que resultaba mucho más chispeante.

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