El quiosco de doña María

Allí estaba, a unos pocos metros de la entrada al colegio, aquel pequeño quiosco verde de chucherías que ya formaba parte inseparable de nuestro paisaje cotidiano. A pesar de sus escasos tres metros cuadrados, en él era difícil no encontrar alguna de las golosinas que más nos gustaban allá por los años 60.

Por supuesto, no faltaban los palotes, los Chupa Chups, los anisetes, los conguitos, las gominolas, el regaliz negro, rojo y de palo, las piruletas, los caramelos de todos los tamaños y sabores, las pipas saladas o no (mejor si eran Facundo)… y, por descontado, los chicles, entre los que sobresalían los Bazoka, Cheiw, Nina, Dunkin y Cosmos, que tenía uno de regaliz negro que me encantaba. En fin, todo un surtido de pequeñas delicias que nos bastaban para satisfacer nuestros dulces caprichos infantiles.

Pero, además de todo aquel catálogo de chucherías que nos ofrecía el quiosco, resulta difícil olvidarse de la persona que “regentaba” el negocio; o sea, doña María: una mujer de edad indescifrable, de pelo canoso y mirada ausente, por la que, a pesar de su aspecto de mujer ya entrada en muchos años, el tiempo parecía no pasar, o eso al menos era la impresión que teníamos todos los niños y niñas que íbamos a su quiosco a comprar; de hecho, durante los ocho años que fui al colegio no recuerdo haber notado el más mínimo cambio en ella. Me parece, incluso, recordar que siempre llevaba puesto el mismo vestido, con una mantilla de lana negra sobre los hombros.

La verdad es que de doña María no solo era la edad lo que más nos intrigaba. Algunos a veces dudaban también hasta de que tuviera piernas. Y es que nadie había conseguido verla alguna vez fuera del quiosco y lo único que acertábamos a distinguir de ella por esa diminuta ventanilla por la que nos atendía era su cabeza.

Los más imaginativos incluso pensaban que quizá es que nunca salía del quiosco, que vivía en él y quién sabe si hasta nació y se crió en él rodeada de chucherías, algo que a algunos sí que les daba cierta envidia. En fin, fuera como fuese el inquietante misterio que rodeaba a doña María, lo cierto es que contribuyó a endulzarnos la vida y a que, cada tarde, cuando llegaba la hora de terminar las clases, nos invadiera una frenética ilusión por salir corriendo hasta el quiosco para hacernos con el tesoro de un delicioso Bazoka de fresa o un sabroso disco de regaliz rojo.

 

2 comentarios sobre “El quiosco de doña María

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