«Decidme cómo es un árbol»

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire.

Recitadme un horizonte sin cerradura
y sin llave como la choza de un pobre,
decidme cómo es el beso de una mujer,
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo.

¿Aún las noches se perfuman de enamorados
tiemblos de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa?

22 años, ya olvidé
la dimensión de las cosas,
su olor, su aroma,
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque, digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.

Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron.

No puedo seguir:
escucho los pasos del funcionario.

Este hermoso poema es, probablemente, el más conocido de Marcos Ana, poeta y comunista convencido, cuyo reciente fallecimiento, a los 96 años de edad, ha conmovido a cuantos han admirado siempre su eterna capacidad de resistencia, su perenne lucha por sobrevivir y la misteriosa seducción que destilan sus versos.

Nacido en Salamanca en 1920, Fernando Macarro, que era su verdadero nombre, fue detenido y encarcelado en 1939, y condenado a muerte acusado del asesinato de tres personas. Durante los 23 años que estuvo en prisión, lo que lo convierte en el preso que más tiempo permaneció en las cárceles franquistas, Marcos Ana encontró en la poesía una forma de evasión emocional, a través de la cual podía expresar sus angustias, sus desalientos y sus sueños de libertad.

Marcos Ana, fotografiado en la cárcel de Ocaña, donde estuvo preso (Luis Magán, «El País», 25-11-2016).
Marcos Ana, fotografiado en la cárcel de Ocaña, donde estuvo preso (Luis Magán, «El País», 25-11-2016).

Aunque en el recuerdo de muchos su figura no esté del todo nítida, quizá sea este un buen momento para empaparnos de su poesía y de su vida y de reservarle un lugar de privilegio en nuestra frágil memoria. Al fin y al cabo, como él mismo dijo, su terrible pecado solo fue «querer llenar de estrellas el corazón del hombre»…

[…]

Por eso aquí entre rejas,
en diecinueve inviernos
perdí mis primaveras.

Preso desde mi infancia
ya muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.

Mas no hay sombra de arcángel
vengador en mis venas:

¡España! es sólo el grito
de mi dolor que sueña.

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