50 años de soledad

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades […]».

Aunque quizá no sea necesario decirlo, así comienza Cien años de soledad, la cuarta novela de aquel periodista colombiano metido a tareas narrativas que, a sus cuarenta años, ya había publicado La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien lo escriba (1961) y La mala hora (1962). Ahora, con su nueva novela, no solo lograba captar la atención de extraños, curiosos y adictos a la literatura, sino también atrapar a millones de lectores que, generación tras generación, fueron convirtiendo Cien años de soledad en su libro de cabecera.

Cincuenta años después, justo los que ahora se cumplen desde su publicación, aquellos que aún conservamos el primer ejemplar que compramos de la obra de «Gabo» y a la que, de vez en cuando, nos sentimos tentados a hojear, comenzamos a preguntarnos dónde está realmente García Márquez hoy, además de en las estanterías de muchos y en los corazones de unos pocos.

Pero no solo él. Dónde demonios están también Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier, José Donoso, Augusto Roa Bastos, Roberto Arlt, Adolfo Bioy Casares, Guillermo Cabrera Infante, Ernesto Sábato…, y tantos y tantos otros escritores latinoamericanos que siguen viviendo en la memoria imborrable de muchos y cuyas palabras ayudaron a generaciones de jóvenes que parecíamos vivir de espaldas al mundo a crecer emocionalmente y a enamorarnos perdidamente de la literatura*.

Y, por supuesto, no puedo dejar de preguntarme una y otra vez dónde están hoy que no los vemos ni sentimos los versos de Gabriela Mistral, Octavio Paz, Pablo Neruda, César Vallejo, Álvaro Mutis, Mario Benedetti, Alfonsina Storni…, y tantos poetas más que, durante largo tiempo, sembraron nuestra vidas de amores y desgarros, de miedos y esperanzas, de sueños y pesadillas, de sentimientos difíciles de describir.

escritores_latinos

A todas estas preguntas que me han asaltado al cumplirse el medio siglo de la publicación de Cien años de soledad no logro darles respuesta. No sé qué narices hemos hecho en este tiempo al que ahora nos enfrentamos para haber borrado de un plumazo tantas historias hermosas, tantas palabras acogedoras, tantos poemas sin límite ni medida.

Tal vez los que hoy día cabalgan a lomos de otro tiempo puedan dar respuesta a estas dudas, pero los que sentíamos que todos aquellos escritores del otro lado del Atlántico eran nuestros «héroes» de cabecera, ahora nos cuesta entender por qué han sido condenados a ser enterrados en las «tumbas» de la memoria. Quizá es que, antes, cruzar el charco era solo una metáfora sin distancia a la que tantas cosas nos unían, y hoy apenas si es un lugar lejano del que cada vez queremos saber menos. A veces creo, sinceramente, que los muros construidos en el aire son más difíciles de traspasar que los levantados con ladrillos y cemento.

* Por razones obvias,  no puede incluirse en este selecto club de escritores latinoamericanos ausentes a Mario Vargas Llosa, aunque, sin que nos hayamos dado cuenta, quizá muchos de sus impagables libros sí hayan ingresado ya en él.

2 comentarios sobre “50 años de soledad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s