Oda a Federico García Lorca

Aquel verano de 1936, en el silencio de la noche, miles de voces venidas de todos los lugares del tiempo gritaron el nombre de Federico, el único Federico que habían conocido, como si fueran lágrimas de esparto emergiendo desde el fondo reseco de sus gargantas.

—Pero él no respondió…

—Miles de ojos buscaron su sombra de cristal entre las calles solitarias y confusas de Granada

—Una tarde con olor a albahaca, enamorada y despierta, le había citado a las cinco en punto para juntos burlar la desperezada hora de la siesta.

—Pero nunca acudió a su cita…

—Alguien dice que lo vio partir camino de Víznar o de Alfacar, llevando entre sus manos firmes y doradas la vara de mimbre de aquel Antoñito al que apodaban «el Camborio».

«Antonio Torres Heredia,

hijo y nieto de Camborios,

con una vara de mimbre

va a Sevilla a ver los toros.

Moreno de verde luna,

anda despacio y garboso.

Sus empavonados bucles

Le brillan entre los ojos.

A la mitad del camino

cortó limones redondos,

y los fue tirando al agua

hasta que la puso de oro.

Y a la mitad del camino,

bajo las ramas de un olmo,

Guardia civil caminera

lo llevó codo con codo».

 

—Quién sabe si aquel 19 de agosto no habían acudido los dos, entre sol y sol, entre sombra y sombra, a ver torear a Sánchez Mejías su sangriento toro de muerte.

«Por las gradas sube Ignacio

con toda su muerte a cuestas.

Buscaba el amanecer,

y el amanecer no era.

Buscaba su perfil seguro,

y el sueño lo desorienta.

Buscaba su hermoso cuerpo

y encontró su sangre abierta.

¡No me digáis que la vea!

No quiero sentir el chorro

cada vez con menos fuerza;

ese chorro que ilumina

los tendidos y se vuelca

sobre la pana y el cuero

de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome!

¡No me digáis que la vea!».

—Quién sabe si no era Mariana la que aguardaba a Federico, sentada bajo el Arco de Elvira, bordando en una bandera su cuerpo de azabache y su rostro de espuma.

Mariana:

«¡Os doy mi corazón! Dadme un ramo de flores.

En mis últimas horas yo quiero engalanarme.

Quiero sentir la dura caricia de mi anillo

y prenderme en el pelo mi mantilla de encaje.

Amas la Libertad por encima de todo,

pero yo soy la misma Libertad. Doy mi sangre,

que es tu sangre y la sangre de todas las criaturas.

¡No se podrá comprar el corazón de nadie!

Ahora sé lo que dicen el ruiseñor y el árbol.

El hombre es un cautivo y no puede librarse.

¡Libertad en lo alto! Libertad verdadera,

enciende para mí tus estrellas distantes.

¡Adiós! ¡Secad el llanto!».

 

—Nadie supo dónde estaba.

—El duende de su alma se había vuelto invisible…

—… como si de repente un manto de seda negro lo hubiera recubierto hasta vestirlo de noche…

—Una noche enlutada y muda en la que cientos de gitanos bailaban y lloraban el clamor de sus romances.

«La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

Niño, déjame, no pises

mi blancor almidonado».

 

—¡Vuelve, Federico!, que te esperan las amapolas…

—los campos teñidos de olivos…

—los altos sueños de las palomas.

—Regresa a Fuentevaqueros…

—a Nueva York y a Granada…;

—regresa al corazón de las rosas…,

donde duerme doña Rosita

arropada bajo el arrullo de tus versos.

Rosita:

«Granada, calle de Elvira,

Donde viven las manolas,

las que se va a la Alhambra,

las tres y las cuatro solas.

Una vestida de verde,

otra de malva, y la otra,

un corselete escocés

con cintas hasta la cola.

Las que van delante, garzas;

las que va detrás, paloma;

abren por las alamedas

muselinas misteriosas.

¡Ay, qué oscura está la Alhambra!

¿Adónde irán las manolas

mientras sufren en la umbría

el surtidor y la rosa?».

 

—¡Ven, Federico!, no te duermas en el largo sueño que no despierta.

—Te cantaré una nana hasta que te arrope el sueño

«Nana, niño, nana

del caballo grande

que no quiso el agua».

—No te recuestes en el sombrío lecho de la ausencia.

«El agua era negra

dentro de las ramas.

Cuando llegue al puente

Se detiene y canta».

—Espérate y verás cómo te habla el hijo que nunca tuvo Yerma…

«¿Quién dirá, mi niño,

lo que tiene el agua

con su larga cola

por su verde sala?».

… de cómo las mariposas han perdido su maleficio…

«Duérmete, clavel,

que el caballo no quiere beber».

… de cómo en el jardín de la luna Don Perlimplín y Belisa no han dejado de amarse.

«Duérmete, rosal,

que el caballo se pone a llorar».

—Escucha, Federico, cómo en el silencio resuena un poema de cante jondo, acompañando a dos novios en su boda sin sangre.

«El grito deja en el viento

una sombra de ciprés.

(Dejadme en este campo llorando.)

Todo se ha roto en el mundo.

No queda más que el silencio.

(Dejadme en este campo llorando.)

El horizonte sin luz está mordido de hogueras.

(Ya os he dicho que me dejéis

en este campo

llorando.)».

 

—Una vez escribiste, Federico:

«Cuando niño a mí me dijo

un día mi pobre abuela

que al morirme yo me iría

sobre las horas más tiernas

de los árboles más altos».

—Quizá ahora sepamos dónde te encuentras.

—Volando por los aires de la tarde…

—Persiguiendo el tenue resplandor de las estrellas…

—Mientras de cuando en cuando te asomas…

—… para vernos llorar en el alma sin fondo, hermosa y furtiva de tus versos.

Nota a pie de página:

Desde pequeño, siempre que iba en verano a la casa de mis abuelos en Granada, que curiosamente estaba situada en un precioso callejón de la calle Elvira, me llamaba la atención un libro encuadernado en piel marrón y letras doradas que parecía brillar con luz propia en la estantería del salón. Un día, cuando la curiosidad me desbordó, me subí a una silla para poder comprobar qué era aquel misterioso libro que tanto me atraía. Al cogerlo, con mucho cuidado, no fuera a ser un pequeño tesoro cuyo valor desconocía, vi que en la tapa solo figuraba el nombre de alguien como escrito a mano, pero en el lomo podía leerse con claridad: «Federico García Lorca. Obras completas».

Desde aquel día, siempre que podía cogía el libro y lentamente iba pasando sus suaves páginas impresas en papel biblia. A lo largo de todas ellas, fui descubriendo versos, letras de canciones, obras de teatro… y muchas cosas más. Casi sin darme cuenta, poco a poco el alma de aquel libro me fue atrapando, hasta que ya nunca más pude deshacerme de la emoción y la hermosura que latían dentro de ella.

Con el correr del tiempo, terminé leyendo el libro completo y, de vez en cuando, volvía a releerlo, como si nunca quisiera que se borrara de mi memoria.

Hoy, después de tantos años, el único recuerdo que conservo de mis abuelos es aquel precioso libro de piel marrón y letras doradas, que mi abuelo me regaló poco antes de morir, tal vez porque, sin que yo lo supiera, me había visto más de una vez subirme a una silla para acariciarlo cuidadosamente entre mis manos.

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2 comentarios sobre “Oda a Federico García Lorca

  1. Yo pienso que las cosas se suceden en el tiempo por alguna causa o fin concreto, que se nos escapa.
    Quizás ese brillante libro en la estantería de la casa de los abuelos, el regalo que él te hizo, era una premoción de ese talento del que disfrutamos en tu blog.

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    1. Gracias como siempre, Mayte. Y es verdad, no sé por qué extras circunstancias, desde pequeño he estado muy unido a la figura de Lorca. Por si fuera poco, la casa que tenemos en Granada está justo al lado de la Huerta de San Vicente, donde la familia pasaba los veranos, y ahora es casa-museo. Por eso, debo reconocer que desde que empecé a escribir el espíritu de Lorca me ha marcado.

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