Al «tito Pepín». In Memoriam

Pepín y su esposa María Luisa, poco después de casarse, paseando por la Acera del Casino de Granada.
Pepín y su esposa María Luisa, poco después de casarse, paseando por la Acera del Casino de Granada.

No resulta fácil en tiempos revueltos como estos encontrar a gente de corazón grande y espíritu generoso, a personas de mirada tierna y sensible, capaces de hallar en los demás el mayor sentido de su vida.

Pero Antonio Jiménez Barrera, Pepín para los amigos y para quienes no lo eran, para quienes lo amaban o simplemente lo querían, para quienes lo adoraban o lo hubiesen adorado de haberlo conocido, decidió que nada tenía sentido si no ponía en manos de los demás todo el cariño que era capaz de dar, y era mucho, tanto que a veces resultaba difícil de creer. Buena prueba de ello la pueden dar su esposa, mi «tita María Luisa», con la que compartío más que toda una vida, muchas sonrisas y algunos puñados de lágrimas; sus hijos Marisa y Jorge, a quienes nunca dejó de querer, incluso con sus párpados entreabiertos; sus nietas Julia y Paula, las «niñas de sus ojos», que le suministraron el oxígeno necesario para tener aún más ganas de vivir, y sus sobrinos Mariví y Pepe, sus dos hijos adoptivos, para quienes «el tito» era algo más que un simple parentesco familiar.

Junto a María Luisa, su hija Marisa y su nieta Paula.
Junto a María Luisa, su hija Marisa y su nieta Paula.

En realidad, todos sus familiares, próximos y lejanos, pueden dar testimonio de su infinita bondad y de su cariño a cambio de nada. Y, por supuesto, sus amigos, los que se fueron por el camino y los que permanecieron fieles a él, con los que compartió café, tertulia y música; música de todos los ritmos y colores en charangas, fiestas, procesiones y conciertos. Al fin y al cabo, esa fue la banda sonora de su vida, a la que supo acompañar sin perder el compás con redobles de tambores, platillos y timbales.

Así era Pepín, el protagonista de una hermosa película que muchos hemos grabado para siempre en nuestra memoria y que no nos importaría volver a ver y otra vez; el niño grande que encontró en la mirada la mejor manera de expresar lo que sentía cuando, hacía mucho tiempo, quizás demasiado, su voz y su cuerpo le dijeron que era mejor descansar, que era preferible ver pasar la vida desde el sillón de su casa, lejos de ajetreos y sobresaltos; el hombre afable y bondadoso que habló con el corazón hasta que este dio su último redoble.

Sentado, el primero por la izquierda, junto otros compañeros de la Banda Municipal de Granada, en la que estuvo más de cuarenta años.
Sentado, el primero por la izquierda, junto a otros compañeros de la Banda Municipal de Granada, en la que estuvo más de cuarenta años.

El 7 de marzo de 2012 te marchaste para siempre. Lo hiciste casi sin despedirte, en silencio, seguramente para no molestar, como era habitual en ti, y emprendiste un largo viaje hacia un lugar desconocido, quizá a ese sitio que llaman cielo, o paraíso, o gloria, qué más da. Desde entonces hemos deseado que en tu nueva vida te vaya muy bien, mejor desde luego que la que, durante tantos años, llevaste aquí, en tu espacio asfixiante, aferrado a un sillón, como si tu cuerpo se hubiera detenido en el tiempo.

Imaginamos que, estés donde estés, ya habrás hecho amigos o habrás reconocido a algunos de los que aquí tenías. Con todos ellos es posible que cada mañana quedes para tomar café y charlar sobre el bien y el mal; bueno, del mal no creemos que hables demasiado allí donde estés. Y que al mediodía, antes del almuerzo, alivies la sequedad de la conversación con una Alhambra y un tapa de boquerones en vinagre, como a ti te gustaba. Por la tarde, claro, imaginamos que te irás a desfilar, con tu uniforme impecable y tus zapatos abrillantados con minucioso esmero, en alguna de esas muchas procesiones que seguro que habrá en ese lugar. Tú tan erguido, al final de la banda, llevando rítmicamente el compás con tu caja o tus platillos, como el inflexible latido de un corazón, ese que un día se te paró porque ya no podía seguir respirando.

Hay tantas cosas que imaginamos de ti, aquí desde la distancia, un trayecto que se nos hace eterno cuando nos invade la memoria con el recuerdo de tu espíritu afable y generoso, la ternura de tus ojos expresando cosas que tu voz casi muda era incapaz de decir, el inmenso cariño que regalabas a los demás sin pedir nada a cambio, tus silencios y tus quejidos apagados …

Tal vez por todo eso, y por muchas más cosas que sería imposible enumerar en unas cuantas líneas, cada día te echamos más de menos, más de lo que crees, porque a veces los vacíos no se llenan con recuerdos, por muy vivos y resplandecientes que sean.

Solo esperamos que de vez en cuando nos eches un vistazo desde allí arriba, y que, al igual que nosotros no te olvidamos, tú tampoco nos olvides. Siempre nos queda la esperanza de volver a encontrarnos, quién sabe cuándo, en algún sueño, en un detalle, en cualquier pensamiento. Siempre nos queda la esperanza de verte a lo lejos cuando miramos el infinito horizonte azul que ahora nos separa.

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