… Y en Semana Santa: una de romanos

Hay que reconocer que a los que nos encantaban las películas de romanos, la llegada de la Semana Santa [en tiempos de normalidad y sin confinamiento de por medio] era al principio una «bendición» pero, claro, con un poco de moderación, que hasta lo bueno acaba saturando. Para empezar, no había sala cine, ya fuera de barrio o de estreno, en el que no se proyectara una de esas películas, así que no había elección posible: o una de romanos o una de romanos.

En realidad, hasta la programación de TVE cambiaba por completo. Desaparecían de la parrilla las series, los concursos, los programas musicales y hasta las películas. Bueno, todas no; si eran de romanos, sí podían verse, y además en grandes sobredosis. En realidad, durante toda la Semana Santa no había día en el que no se emitieran tres o más filmes del susodicho género.

A mí, vuelvo a repetir, esas películas me encantaban, y también solía verlas el resto del año, pero también hay que reconocer que había un momento en que llegaba a saturar ver a tanto romano junto, tanto gladiador, tanto cristiano devorado por leones, tanto crucificado, y de forma tan reiterada. Yo creo que, si se hace memoria, no hay película de este tipo que no hubiéramos visto, y además con repetición y alevosía, porque, año tras año, casi volvían a emitirse los mismos títulos. O sea, que no nos perdimos una: «La túnica sagrada», «Quo Vadis», «El cáliz de plata», «Demetrius y los gladiadores», «La historia más grande jamás contada»… y, por supuesto, «Barrabás», que era mi preferida, con permiso de «Ben Hur» y su emocionante carrera de cuadrigas.

Ya la había visto varias veces cuando iba al cine con mis amigos, y la verdad es que siempre disfrutábamos con ella. Especialmente nos encantaba el momento en el que el procurador romano de Judea, o sea, Poncio Pilato, le decía a una multitud enardecía algo así como: «¿A quién queréis que libere: a quien muchos llamáis vuestro rey o a Barrabás?». Y la multitud vociferaba a grito pelado: «¡A Barrabás, a Barrabás!». ¡Los muy impresentables!, pues no preferían al tal Barrabás, un ladrón de armas tomar, a un hombre como Jesús, pacífico y bondadoso, hijo de Dios para más señas. Así pasaba que toda la chiquillería del «gallinero» respondía con igual ardor echándole en cara a la multitud su injusta decisión y también al impresentable Pilato, que se lavaba las manos y no quería saber nada del asunto; algo que, por cierto, más de uno continúa haciendo todavía hoy, ya sea presidente de la comunidad de vecinos, alcalde de un municipio o presidente de alguna administración pública.

Por eso, cuando en Semana Santa volvían emitir «Barrabás», no me la perdía por nada del mundo, y eso que no había conseguido aliviar mi odio a la multitud enardecida, al procurador Poncio Pilato e incluso a Anthony Quinn, que era el actor que encarnaba al malvado Barrabás, hasta el punto de que me costaba ir a ver una película en la que él trabajara. Cosas de una semana vivida con pasión, como las películas de romanos que nos hartamos de ver.

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