Los niños con los niños

Patio del colegio de los Salesianos de Mérida, años 60

¡Qué razón tenían Los Bravos cuando cantaban aquello de «los chicos con los chicos…»! Y es que, por cuestiones de índole ideológico, moral, antropológico o medioambiental, vaya usted a saber, en aquellos tiempos de sequía mental en los que muchos nos educamos y crecimos, la mayoría de los colegios, especialmente los religiosos, eran «unisex». Y no me refiero al término con el que hoy día las peluquerías indican que cualquiera, sea del género que sea, puede entrar a apañarse el pelo, sino a su sentido más literal, o sea, que en ellos o estudiaban solo niños o solo niñas (posteriormente chicos o chicas).

Hasta ahí todo bien, sobre todo cuando aún éramos unos mocosos y apenas cursábamos «Primera elemental», «Ingreso» o los primeros cursos de Bachillerato, y lo único que nos importaba de verdad era jugar al fútbol, las chapas, las canicas o cambiar cromos durante el recreo. El problema surgía cuando la adolescencia empezaba a llamar a nuestra puerta y no sabíamos muy bien si abrirla o no, no fuera a ser que nos encontráramos con alguna desagradable sorpresa.

Era entonces cuando de pronto descubríamos que una de dos: o las chicas andaban escondidas y nadie sabía de su paradero o, en realidad, eran una especie en vías de extinción, de la que no nos habíamos ocupado hasta entonces, salvo que tuvieran la categoría de hermanas o primas, que esas sí mostraban su visibilidad con notable frecuencia. Y claro, cuando las hormonas comenzaban a hacer de las suyas y los instintos a dejarnos claro que había cosas más importantes que el fútbol o estrenarse en los recreativos echando unas partidas de futbolín, nuestro cuerpo y nuestra mente inauguraban una nueva fase de experimentación extrasensorial.

Era en ese preciso momento cuando nos preguntábamos por qué maldita razón en el colegio en el que estudiábamos no había una sola chica, lo cual nos hubiera facilitado, y mucho, resolver la compleja tesitura de necesidad y desconocimiento en la que ahora nos encontrábamos. Y, como era fácil suponer, a partir ahí comenzaba la complicada aventura de conseguir relacionarte con alguien del otro sexo, aunque solo fuera para intercambiar un tímido saludo o, mejor aún, un «¿te apetece tomar una Mirinda?». Bueno, y si no había manera de salir del laberinto interrelacional, siempre cabía la posibilidad, como más de uno seguro que habría ideado, de disfrazarte de tu prima y matricularte en un colegio de las Madres Ursulinas, que allí estaba claro que chicas sí que había. ¿O eso es mucho imaginar?

* «Los niños con los niños» está incluido en El Retrovisor. Un paseo emocional por la memoria (El Ojo de Poe, 2019), páginas 62-63.

https://www.elkar.eus/es/liburu_fitxa/retrovisor-el-un-paseo-emocionante-por-la-memoria/molina-melgarejo-jose/9788412039467

https://www.agapea.com/libros/El-Retrovisor-9788412039467-i.htm

El Retrovisor. Un paseo emocional por la memoria, de José Molina Melgarejo

PD

Según datos de la CECE (Confederación Española de Centros de Enseñanza),en la actualidad todavía hay en España unos 190 colegios inspirados en la educación diferenciada por sexos —de los que aproximadamente la mitad son concertados y el resto privados—, que albergan a unos 85.000 estudiantes.

Un comentario sobre “Los niños con los niños

  1. Parece mentira que actualmente sigamos viviendo episodios sexistas desde los mismos centros de enseñanza. Y lo curioso, o al menos en mi modesto punto de vista, es que aún siendo los centros de chicos y chicas, no sé porque rara tendencia, muchas chicas se siguen juntando con sus homólogas y viceversa… Es por lo menos curioso ¿no?

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