¡Larga vida al jazz!

UNSPECIFIED – JANUARY 01: Photo of Ella Fitzgerald; Agency: Redferns (Photo by Gilles Petard/Redferns)

[30 de abril, Día Internacional del Jazz]

Aunque resulte presuntuoso, debo reconocer que empecé a descubrir el jazz con apenas 5 o 6 años. Y no porque mi instinto infantil me condujera ello, lo cual sí que hubiera sido poco menos que milagroso, sino porque las casualidades de la vida quisieron que mi padre fuera pianista y, por suerte, jazzista empedernido.

Y fue él quien, casi como un inocente entretenimiento más, cada vez podía me sentaba a su lado para que escucháramos juntos, en su entonces «mágico magnetofón», las cintas que celosamente guardaba con las grabaciones de los conciertos en directo de Ella Fitzgerald. Bueno, o poniéndome los discos que conservaba, todavía en 78 rpm, de George Shearing, aquel impagable pianista y compositor británico que, con el paso del tiempo, me fue confirmando que no había nadie que tocara el piano con tanta perfección técnica.

Así que, como el que no quiere la cosa, fui poco enamorándome de este género que debería ser declarado «bien cultural inmaterial de la humanidad», si es que no lo ha sido ya, entre otras muchas razones porque reúne, como ningún otro, los tres grandes secretos de la música: melodía, armonización e improvisación, en grado superlativo los tres. ¿Se puede pedir más?

Resultado de todo aquel proceso «iniciático» de aprendizaje es que a la voz inmensa de Ella Fitzgerald se fueron añadiendo poco a poco las de Bessie Smith, Billie Holiday, Sarah Vaughan, Dinah Washington, Mahalia Jackson, Betty Carter y tantas y tantas otras más. Y al majestuoso piano de George Shearing se fueron sumando los de Oscar Peterson, Art Tatum, Duke Ellington, Count Basie, Thelonious Monk, por citar solo a los que más admiraba y a los que nunca he dejado de admirar.

Por supuesto, como no solo de voz y piano vive el jazz, aunque bien podría hacerlo sin inconveniente alguno, fui completando mi particular orquesta con el contrabajo de Charles Mingus, el saxo de Charlie Parker, la trompeta de Miles Davis, la batería de Art Blakey, el vibráfono de Lionel Hampton, la guitarra de Wes Montgomery o el violín de Stéphane Grappelli, por formar solo un equipo titular, aunque sería difícil de cuantificar la lista de posibles titulares en cualquier de los puestos y muchos los que, a lo largo del tiempo fueron siendo llamados a la «convocatoria de la selección».

Con todo este trasiego músico-emocional no es de extrañar que desde que mi edad y mi paupérrima paga semanal me lo permitían tardara poco en invertir mis ahorros en las escasas novedades discográficas de jazz que llegaban a nuestro país o en las ofertas que a veces podían encontrarse, también igualmente escasas. Y todo me valía, desde un disco de Count Basie y su «big band» que estaba a buen precio por aburrimiento de la tienda que no veía manera de venderlo, hasta la última curiosidad discográfica, como aquellos tres álbumes de Jacques Loussier trío con los interpretaciones jazzísticas de las obras de Bach que tardé poco en ir a comprarlos y que al escucharlos me dejaron atónito, lo cual me lleva a pensar que sería interesante hablar en otra ocasión de las fusiones del jazz con otros géneros musicales, que han producido verdaderas joyas.

Y hasta hoy, en que el jazz continúa siendo una de mis grandes pasiones y tal vez la única que me sigue acompañando casi en cualquier lugar y en cualquier momento, quizá porque tiene ese insondable secreto de poder emocionarme pase el tiempo que pase y escuche los temas que escuche.

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