A José Molina Zúñiga, mi «abuelito»

In memoriam (I)

José, en el bautizo de su nieta Marisa

La historia está llena de hombres olvidados, de personas ajenas a la memoria popular, que tuvieron que partir tan silenciosamente como habían vivido. Y entre ellos estaba él, un granadino de cuerpo y de espíritu, nacido bajo la luz primeriza e inquieta del siglo XX. Lo había hecho en el corazón mismo de la ciudad, a la que siempre perteneció, como la mirada infinita de San Nicolás o la quietud casi mística de la calle Elvira, en la que durante tantos años vivió. Le llamaron José, para que sus familiares y amigos pudieran reconocerle, y le apellidaron Molina y Zúñiga, para que las leyes pudieran dar constancia de su existencia.

Pero con José también nació, como unidos por alguna voluntad divina, una desmedida pasión por indagar y crecer en el alma indescifrable de la música. Ya a los siete años ambos compartían la inmensa necesidad de expresarse a través de la infantil y tímida ejecución de un pequeño violín, conseguido sabe Dios cómo y con qué esfuerzo. Y luego vendría la guitarra, tentadora y sutil, y la bandurria, y la viola, y el laúd, con el que quiso y no pudo José conquistar lo inconquistable.

Eran aún años jóvenes, aquel ya lejano tiempo en que podía vérsele compartir las horas con Federico (solo ha existido un Federico en Granada, como quizá solo ha existido un José), este poniendo voz y poesía a sus personajes de guiñol, aquel dibujando música con su violín escondido tras un mágico telón. Y era, cómo no, la edad de los primeros e interminables sueños, cuando, ya dando razón de ser y vida a su Trío Albéniz, comenzaba a ser testigo de la rendida fascinación que este era capaz de provocar. Ciudades como París o Bruselas y personajes como Falla o la reina Victoria Eugenia cayeron rendidos al Trío, a esa simbiosis perfecta de modelar música, a la que José iluminaba con el firme resplandor de su laúd.

En 1952, con su laúd, junto a José Recuerda (bandurria) y José Recuerda hijo (guitarra)

Pero ¿por qué hubo de pasar el tiempo? Debería haberse quedado allí, eternamente adorando a quienes, como él, poseían el misterio indestructible de la creación. Pero no fue posible, y poco a poco, como un viento furtivo desvaneciéndose en el vacío, dejó que transcurrieran ilusiones y minutos. Pasó su nombre del anhelo inmortal a lo inadvertido, de la esperanza puesta en el mundo a la apenas cotidiana presencia en el Café Alameda, en el callejón de Aguirre en la que estaba su casa o en la tertulia familiar en alguna de las terrazas de la plaza Bib-Rambla. Aquel joven músico de vuelos altos y vertiginosos parecía ya en su madurez estar cumpliendo el designio de un destino injusto; o quizá no fuera así para él, porque nada hubo más hermoso para José que consagrar el resto de su vida a sus seres queridos y a su infatigable trabajo con sus cientos de alumnos, a quienes quería profundamente, y a su música, de la que nunca dejó de estar enamorado.

Transportados desde cualquier tiempo, en Granada han quedado sellados para siempre los nombres de Ganivet, de Federico, de Barrios, de Recuerda. Seguramente el suyo también debería haber quedado escrito en esas mismas paredes imborrables, aunque donde sí lo está es en el corazón de los que, a pesar de tanto tiempo transcurrido, aún seguimos llorando su ausencia.

De paseo en Granada con su esposa Manuela, «mi abuelita»

José Molina Zúñiga, mi «abuelito», falleció el Jueves Santo de 1984, mientras desde su ventana, calladamente, contemplaba 84 años de incertidumbre. No lo vi morir, pero lo vi vivir, crecer entre sus inseparables instrumentos, permanecer entre las notas mágicas de su «Gitanerías del monte», de su «Carita de Virgen morena» o de su «Rejas del Albaicín» y, sobre todo, escuché siempre cómo latía su infinito y generoso corazón. Hace mucho tiempo ya que no lo veo, quizá demasiado, aunque estoy seguro de que no andará lejos. Nunca abandonaría Granada, y tal vez siga componiendo allí asomado a la Torre de la Vela, inspirándose en el aire misterioso de su tierra.

2 comentarios sobre “A José Molina Zúñiga, mi «abuelito»

  1. Bonito homenaje, Pepe. Yo siempre he creído en un dicho que dice: Sólo muere una persona cuando la olvidas… A mí por lo menos, pensar en ello, me reconforta.

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