La barbería, «centro de tratamiento capilar»

Si había un lugar en el barrio que podía distinguirse a lo lejos, era aquel que de su fachada sobresalía una especie de reluciente poste, que más bien parecía una piruleta gigante, adornado con líneas de colores rojo, azul y blanco, aunque también cabía la opción de que la susodicha combinación colorística simplemente luciera alrededor de la fachada o de la puerta en entrada. Pues aquel lugar que, si uno andaba despistado, podía pensar que era una delegación del consulado de Francia en el barrio era la «peluquería», también conocida como «barbería», según lugar, época, gustos e interpretaciones.

Se trataba, además, de un lugar que conocíamos bien, habida cuenta de que la frecuencia con la que íbamos de pequeños solía ser, por lo general, de una vez al mes; eso sin contar con que uno no viniera con un trasquilón y hubiera que volver para que intentaran apañar aquel desaguisado. Y es que, en cuestión de longitud del pelo, no había discusión: si estaba un pelín más largo de lo habitual: ¡al peluquero!, o ¡al barbero!, como también solía ser habitual llamar al «trasquilador» del barrio. De ese modo, no había manera de tener un poco de flequillo para hacerse un tupé como Dios manda; con lo que favorecía a los chavales de entonces, o eso pensábamos nosotros.

Tampoco en cuestión de variedad de peinados había mucho donde elegir. En realidad, solo había un tipo de corte de pelo: «corto y a raya». De hecho, el barbero ya ni preguntaba. En cuanto nos veía entrar por la puerta, ya sabía lo que tenía que hacer: nos ayudaba a sentarnos, ajustaba el sillón, cogía la maquinilla y las tijeras… y a perpetrar «el crimen cabelludo».

A veces, en casos excepcionales, como celebraciones familiares, comuniones o fiestas de guardar, se consentía que nos dejarán el flequillo «a lo Marcelino»; o sea, no como el entonces delantero del Zaragoza, sino como el que llevaba Pablito Calvo en la película Marcelino pan y vino. No daba exactamente para un esplendoroso tupé, claro, pero al menos, por un tiempo, rompíamos con la rutina de aquel corte de pelo infame que tan poco gracia nos hacía.

Un chico aguarda a los clientes en la puerta de una barbería vacía. Fotógrafo: Elías Morales / Archivo Regional de la Comunidad de Madrid

Claro que tanto flequillo o tanto tupé se acabó el día en que a las barberías llegó la auténtica revolución, o sea, el día en que en los escaparates apareció de pronto un letrero que rezaba: «corte de pelo a navaja».

Sí, ¡a navaja!, ¡qué barbaridad!, ¡qué modernez!, pensaron muchos de los tradicionales clientes de las barberías, acostumbrados como estaban hasta entonces a que les cortasen el pelo con unas simples tijeras, que por supuesto prefirieron que así siguiera, no fuera a ser que los resultados de este nuevo método fueran desastrosos, y dejar la navaja para rasurados de barba.

Y la prueba de todo ello es que solo los más jóvenes, ávidos como andaban de nuevas modas y revoluciones, optaron por el uso de la navaja, lo que enseguida trajo consigo que las «víctimas» de tupés y flequillos a lo Marcelino, o sea, los más pequeños, sintiéramos por ellos una gran envidia y deseáramos hacernos mayores pronto para que también a nosotros nos cortaran el pelo a navaja. Pero esa ya será otra aventura…

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