A José Molina Zúñiga, músico

In memoriam (y II)

José Molina, en 1917, en su primer época con el Trío Albéniz

Granada (1900-1985)

José Molina Zúñiga nació, vivió y murió en Granada, de la misma forma que nació, vivió y murió por y para la música. Nunca abandonó su ciudad, como nunca quiso separarse de su laúd, de su bandurria, de su violín o de su guitarra. Autodidacta y alumno aventajado a un mismo tiempo, estaba dotado de una prodigiosa intuición musical, que hizo que, ya a los 9 años, comenzase a dar muestras de su genio precoz, de su voluntad de hierro y de su infinita capacidad de trabajo. Con esa edad, y gracias a un concurso organizado por la Diputación granadina que le proporcionó su primer violín, emprendió una carrera musical tan densa, fructífera y brillante como poco reconocida.

El Trío Albéniz

El Café Flor, el Hollywood, el Suizo, el Alameda… son lugares entrañables que aún permanecen vivos en la memoria sentimental de muchos granadinos. La historia de todos ellos va estrechamente unida a la de José Molina, a sus inolvidables actuaciones como solista o formando parte de diferentes orquestas, a su preciso acompañamiento de artistas de cualquier género, que encontraban en él a su mejor y más seguro «cómplice» musical. Pero su prestigio como virtuoso concertista lo cimentó, sobre todo, como integrante del irrepetible Trío Albéniz. En sus dos etapas más brillantes, las que se inician a partir de 1917 y 1947, logró el maestro Molina situar el instrumento del laúd en un nivel sonoro e interpretativo hasta entonces desconocido. «A su laúd solo le falta hablar», decía una crónica periodística de la época.

A la izquierda, con la guitarra eléctrica, en una actuación con la Orquesta Bahía en el Café Alameda de Granada, en 1960

García Lorca, Falla…

En especial durante las primeras década del siglo XX, la actividad del Trío Albéniz fue extraordinariamente activa, con giras y conciertos por España y Europa, siempre con un clamoroso éxito. Eran los años en que el Trío solía acudir al estudio que Manuel de Falla poseía en su carmen granadino, donde, con frecuencia, ensayaba con ellos algunas de sus composiciones, antes de ser estrenadas en público. Ángel Barrios, Isaac Albéniz y, por supuesto, Federico García Lorca, eran algunos de los insignes personajes que, de cuando en cuando, se dejaban también caer por aquel rincón de inolvidables encuentros. Con todos ellos, en especial con Falla y Lorca, el maestro Molina entabló una estrecha amistad, que solo su memoria y la de quienes compartieron su vida lograron conservar como un valiosísimo tesoro.

José (sentado abajo, a la derecha), en una foto inolvidable en la que también están Federico García Lorca (sentado abajo, en el centro) y Fernando de los Ríos (sentado, en el centro de todo el grupo)

Maestro

Aprender y enseñar lo aprendido. Esos fueron los dos principios básicos que marcaron su trayectoria profesional. Durante muchos años, no había colegio, rondalla o agrupación musical en Granada que no tuviera a José Molina como maestro y amigo. Los que gozaron del privilegio de aprender a su lado aún hoy recuerdan su intachable predisposición, su entrega sin límites y su inapreciable capacidad pedagógica. Lástima que sus impecables métodos de bandurria y de guitarra, sin duda adelantados a su tiempo, nunca vieran la luz. Eran, como tantas otras cosas en su vida, un signo de trabajo eficaz, pero silencioso, de conocimiento asombroso de la música, pero callado y modesto.

Compositor

Además de intérprete excepcional y reconocido maestro, fue también José Molina un brillante compositor, autor de más de cuatrocientas canciones, sobre todo boleros y coplas. Artistas como Perlita de Huelva, La Niña de Antequera, las Hermanas Romero o, en especial, el granadino Paquito Rodríguez incluyeron en su repertorio discográfico muchas de sus composiciones, llenas de gusto melódico, sensibilidad y exquisita armonía. Algunas de ellas —Rejas del Albaicín, Carita de Virgen Morena, Rinconcito andaluz o Quiero los tres— merecerían estar en una antología selecta de la mejor copla española. Pero, como sus métodos, sus amistades o sus sueños, también sus canciones forman parte de su trabajo en sombras, como un interminable compás de espera.

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