El boom de la guitarra clásica

Andrés Segovia, en un concierto en el Real Concertgebouw de Ámsterdam, el 3 de noviembre de 1962
Foto: Jac. de Nijs / Anefo (Nationaal Archief)

Ni que decir tiene el entusiasmo con el que los españoles siempre nos hemos entregado, por ejemplo, a una disciplina deportiva, aunque hasta entonces no tuviéramos pajolera idea de ella, cuando la casualidad quería que algún español triunfara en la misma de manera inesperada. Tales fueron los casos, por citar solo algunos, del proverbial Arturito Pomar, el niño prodigio del ajedrez, que con apenas 12 años ya daba «jaque mates» a diestro y siniestro; o del malogrado Joaquín Blume, que a mediados de los 50 destacó sobremanera en gimnasia artística; o de Manuel Santana, quien, a principios de los 60, ya había ganado nada menos que dos veces en Roland Garros, que, al parecer, era un torneo la mar de importante en eso del tenis; o, más recientemente aún, de Severiano Ballestero, que a finales de los 70 nos descubrió que en el resto del mundo había un deporte muy popular y prestigioso que simplemente consistía en golpear una pelotita con un palo.

Dicho todo esto, y sin que la perorata previa sirva de referencia, así más o menos nos sucedió con los grandes intérpretes de guitarra clásica que, como si repentinamente hubieran surgido de la nada, empezaron a adquirir popularidad en nuestro país, allá por los años 60, anteriores y posteriores; o sea que, como el que no quiere la cosa, esta disciplina que ni siquiera era deportiva, sino musical, empezó a suscitarnos un interés desmedido.

De pronto, efectivamente, en TV, en radio, en el NO-DO y hasta en la sopa, aparecieron, como el que anda por su casa, grandes guitarristas de los que, sinceramente, hasta entonces pocos o casi nadie había oído hablar, salvo melómanos y gentes de guardar. Entre ellos estaba, por supuesto, el maestro Andrés Segovia, posiblemente el más internacional de todos, que forjó su carrera en EE UU y que, al parecer, asombraba a públicos de todos los rincones del mundo, lo que hacía aún más obligado su interés por él. Heredero de otro gran guitarrista español como fue Francisco Tárrega, cuya memoria se remonta más bien al siglo XIX, el jiennense Andrés Segovia era, sin duda, un auténtico virtuoso de este precioso instrumento de cuerda, que lo mismo tocaba piezas de Bach, que de Albéniz o de Falla.

Pero, además del maestro Segovia, también empezó a sobresalir en aquellos años Narciso Yepes, que siempre sorprendía tocando una guitarra de 10 cuerdas, lo que hacía que pareciese aún más difícil. Aunque, como me decía mi abuelo: «Si te das cuenta, nunca toca todas las cuatro cuerdas de arriba». Y otra cosa no sería, pero mi abuelo en esto de la música no fallaba una.

Fuera como fuese, lo cierto es que el maestro Yepes también era de los habituales de aquellos años, al que la mayor popularidad se la dio, sin duda, su composición de la banda sonora de la película «Jeux interdits», o sea, «Juegos prohibidos», de René Clément, que recomiendo encarecidamente escuchar. ¡Ah, bueno!, y su célebre interpretación del «Concierto de Aranjuez», el extraordinario concierto para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo, aunque de tal estreno ya había dado buena cuenta, en 1940, Regino Sainz de la Maza, otro ilustre de las seis cuerdas, del que también se guarda reconocido recuerdo.

En fin, y como Segovia, Yepes y Sainz de la Maza, muchos otros, de cuyos nombres ahora no consigo acordarme, pero que a buen seguro mi memoria tardará poco en refrescarlos, y de los que, como a aquellos, nunca más volvimos a saber, como si el tiempo se los hubiese tragado con la misma facilidad con la que los colocó en el escaparate de la fama.

Un comentario sobre “El boom de la guitarra clásica

  1. Un gran amigo me dijo que cuando tocaba la guitarra pretendía hacer aflorar los sentimientos más simples de quién le escuchara. Yo creo firmemente que eso es lo que consiguen estos maravillosos artistas.

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