Aquella inolvidable Navidad…

Para Manuel, el invierno que nunca olvidó fue el de 1959. A las puertas de la Navidad, le encantaba pasar las tardes de los sábados paseando por el centro de la ciudad con Rocío, su novia, agarrada a su brazo. En algunas calles ya habían encendido luces de colores que anunciaban la llegada de las fiestas y los escaparates de las tiendas estaban decorados con mucho primor. No faltaba en ellos un Belén y algún villancico de fondo que agradaba escuchar. En una carnicería de postín que había a espaldas de la calle principal hasta habían puesto en el escaparate unos cochinillos disfrazados de caperucita roja y los tres cerditos. Y en cada esquina siempre había gente vendiendo panderetas y zambombas de barro, tan apropiadas para el tiempo en el que estábamos.

Además, la visita a España de Eisenhower, nada menos que el presidente de Estados Unidos, prevista para el 21 de diciembre, hizo que el ambiente pareciera un poco más conmocionado. «¡Por fin llega Mister Marshal!», decían algunos. «Seguro que nos trae regalos a todos, como contaban en la película», añadían los más risueños. De regalos, desde luego, no supimos nada, pero sí de que algo empezaba a contagiarnos de aquel lejano país que veíamos como el paraíso del mundo. Sin ir más lejos, a una cafetería que antes se llamaba Suárez, le estaban instalando un enorme cartel que rezaba: «California». Y ya se rumoreaba que había tiendas de ultramarinos en las que vendía una extraña salsa de tomate llamada «Ketchup», y que existía un aparato milagroso que lavaba la ropa y otro que aspiraba el polvo del suelo, y que pronto llegarían a España. Pero, para muchos, todo eso no eran más que invenciones de los españoles, que teníamos demasiada imaginación.

Aquellos días, sin embargo, lo que más le preocupaba a Manuel es que la Nochebuena no la pasaría con su novia. Como todos los años, la celebraría con toda la familia: sus padres, sus tíos, sus abuelos, sus primos…, y algún gorrón que otro que siempre se acomodaba al pollo y al turrón. La prima Encarnita, que ya se había casado, cantaría villancicos y su marido Antonio, que era músico, la acompañaría con la guitarra. Los demás harían lo que buenamente pudieran: dar palmas, tocar la pandereta o rascar con una cuchara una botella de anís. Eso sí, siempre poniéndole mucha voluntad y mucho entusiasmo. Luego, seguramente saldrían todos a la calle a seguir paseando el jolgorio, o irían a casa de los vecinos, que ese día, en realidad como casi todos, tenían el corazón y las puertas abiertos de par en par.

Lo que no imaginaba Manuel es que los padres de Rocío lo invitaron a pasar la Nochevieja con ellos, habida cuenta de que ya subía a casa y oficialmente se le podía considerar un novio formal. Por primera vez pudo tomarse las uvas a su lado, brindar por el próximo año y pedir un deseo, que seguro se cumpliría. Aquella noche de 1959 merecía la pena tener cerca de ti a alguien a quien amabas. Se avecinaba un tiempo nuevo, que dejaba atrás una década que había envejecido demasiado, y se emprendía una nueva travesía que traía la esperanza de que algo mejor nos aguardaba a la vuelta de la esquina. ¡Feliz 1960!

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