Canciones al gusto del consumidor

Hoy día, a lo más que podemos aspirar cuando entramos en algún sitio para degustar algo —llámese bar, cafetería o local de copas— es a que su dueño o bien destile un gusto musical exquisito y tenga a bien poner una adecuada música de fondo o, lo que suele ser más habitual, que haya un televisor de plasma colgado en la pared emitiendo continuamente vídeos insoportables de no se sabe qué tipo de música o, lo que suele ser más doloroso aún, conectado a YouTube. Bueno, eso o que expresamente el local en cuestión tuviera actuaciones en directo a las que voluntariamente asistíamos, lo cual ya era entrar en otra dimensión, tal vez la tercera o la cuarta.

Dicho todo eso a modo de preludio ocasional, no me digáis que lo que no era un gustazo era entrar a una cafetería o a un bar y, si te apetecía, ponerte la canción que tú quisieras, la que creías que podía levantarte el ánimo o con la que simplemente intentabas conquistar a la chica que iba contigo. Para ello, no hacía falta llevar un móvil, un Mp4 o incluso una cinta de casete, por ponernos algo más retro. No, bastaba con tener unas pesetas sueltas, y en la «sinfonola» que había en el local, o sea, en la máquina de música —también conocida como gramola o rockola», seleccionar uno de los muchos discos que había a disposición del cliente. Así que lo mismo podía escogerse el último éxito de Los Brincos, de Karina, de Nino Bravo, de Elvis o de los Rollings Stones, que en surtido de música la maquina andaba siempre bastante nutrida, y ¡a la última!

Además, era una verdadera delicia ver cómo, nada más echar la moneda, el disco pequeño de vinilo se iba poniendo en marcha, colocándose en el lugar preciso para que comenzara a sonar. ¡Qué tecnología punta la de aquellas preciosas sinfonolas que invadían los bares y cafeterías de este país, y que, de alguna manera, ponían banda sonora a nuestra vida cotidiana!

Bueno, y que conste que no hablo de aquellas relucientes y llamativas «Jukebox» que a menudo aparecían en las películas estadounidenses, generalmente instaladas en una cafetería de carretera en la que lo más consumido era una taza de café y una hamburguesa bien condimentada con patatas fritas, un par de huevos fritos y un poco de bacon. Para nada, hablo de las auténticas sinfonolas «made in Spain», o eso pensábamos nosotros, de esas llenas de cartelitos con los títulos de las canciones, con un montón de botones para realizar la selección deseada y un diseño que no destacaba precisamente por su colorido y resplandor, como las antes referidas «Jukebox».

Pero qué más daba. Lo importante era poder escuchar una canción y saborearla, solo o en compañía, mientras degustabas un exquisito vermú con sifón, un botellín de Mahou o un vaso de tinto con gaseosa, que todo servía para apagar la sed, incluso el tema que primorosamente se escuchaba a través de aquella maravillosa máquina de música.

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