Aquellas inolvidables librerías

Según datos del gremio de libreros, después de que en 2014 se cerraran 912 librerías en España, o sea, dos cada día, desde ese fatídico año y hasta 2016 el número de locales dedicados a la venta de libros pasó de 3.650 a 3.967. Además, las ventas crecieron de los 707 millones anuales a los 763. Sin duda, datos que merece la pena celebrar, pero con entusiasmo moderado, no vaya a ser que, en el fragor de la batalla por volver a conquistar el mágico poder de la lectura, dejemos abiertos flancos por los que las insurgentes tropas enemigas lancen un ataque feroz que nos haga perder la guerra y, con ello, destronen a la palabra, que, desde tiempos inmemoriales, ha reinado en el universo de la fantasía, la aventura, la emoción, el conocimiento, la reflexión y la cordura.

Dicho todo esto, y sean cuales sean las cifras en las que hoy día se mueven libros y librerías, no está de más refrescar la memoria y remontarse a aquellos tiempos en los que entrar a un librería era una aventura maravillosa a la que uno estaba siempre dispuesto a apuntarse, y que, por desgracia, ya no resulta tan fácil revivir en estos «benditos» tiempos que ahora nos toca vivir, en los que las prioridades y los gustos parecen ser otros.

Hablo, para no dejar lugar a la duda, de aquel espacio abarrotado de libros de todos los colores y tamaños en el que era posible encontrar casi cualquier cosa: novelas, poesías, ensayos, biografías…; en fin, un nutrido catálogo de títulos que alimentaban extraordinariamente nuestro saber y nuestro placer por la lectura. Además, la persona que te atendía era capaz no solo de debatir contigo sobre cuál era la mejor novela de Benito Pérez Galdós, sino de recomendarte las últimas novedades en libros de poesía o de indicarte cuál era la edición más primorosa que había sobre arte Románico. Era lo que se dice un erudito de las letras, al que nada que estuviera impreso se le escapaba de su conocimiento, que luego sabía transmitirte con verdadero entusiasmo.

Con semejante panorama, cómo no creer que acomodarse en una librería era una experiencia única, en la que al olor inconfundible y penetrante del papel y de la tinta se unía la emoción de sentir la combinación de letras agrupadas en un verso, en un diálogo o en un relato. Todo resultaba apasionante en aquellos espacios dedicados al valioso y muy noble arte de leer. Costumbre esta que, afortunadamente, muchos siguen conservando con mimo y dedicación, aunque para ejercer su loable práctica ahora, en muchos casos, tengan que encomendarse a las secciones de libros de los grandes centros comerciales, donde ya nadie sabe hablarte de Pérez Galdós y solo la base de datos de un ordenador consigue decirte qué título de tal autor está o no disponible.

Ojalá algún día seamos capaces de recuperar la sensatez y de ser conscientes de que hay cosas que no tienen precio, que están por encima de crisis económicas y especulaciones. Por fortuna, en muchas localidades de nuestro país, grandes o pequeñas, aún siguen «temblorosamente» abiertas algunas de aquellas librerías en las que era posible experimentar el inmenso placer de descubrir esos hermosos y gratificantes libros que tuvieron a bien acompañarnos a lo largo y ancho de nuestras vidas.

PD

Bienaventurados aquellos que han tenido la suerte de ser testigos de la apertura de nuevas librerías, pero con el entrañable sabor de las de «toda la vida», entre las que, por lo que a mí concierne, no puedo dejar de citar la de «La rubias también leen» (Majadahonda, Madrid), donde, gracias a sus valientes emprendedores, el libro continúa conservando su insondable poder de seducción. Bienaventurados aquellos, repito, porque de ellos será el reino de la imaginación.

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