De primero: «Potaje de vigilia»

Si este fuera el blog de «MasterChef», «Top Chef», «Pesadilla en la cocina», «Karlos Arguiñano en tu cocina» o de cualquiera de esos programas televisivos sobre cocina que tanto abundan y gustan, seguramente lo más apropiado sería empezar enumerando los ingredientes para preparar un exquisito «potaje de vigilia». Pero como este modesto blog no es sino un emotivo Retrovisor, lo más adecuado será simplemente echar un vistazo atrás, cuando este potaje era el «plato estrella» de una Semana Santa que mezclaba pasión y recogimiento, austeridad, abstinencia, devoción y ánimos contenidos.

Así las cosas, no sé si por decisión propia o por voluntad ajena, en la mayoría de los hogares españoles la Semana Santa era una fiesta de guardar, o sea, de guardar la carne y no comer nada que tuviera tufillo a filete de ternera. En realidad, esa tradicional abstinencia se solía mantener todos los viernes de Cuaresma, que, según marca la tradición católica, es el tiempo litúrgico de cuarenta días previo a la Pascua y que da comienzo el miércoles de ceniza.

¿Queda claro el tema? Pues, se entendiera o no se entendiera, en mi casa mi madre no nos dejaba ni oler un filete durante todos esos viernes, y, por supuesto, menos aún en Semana Santa, durante la cual ya no era solo el viernes, sino también, el lunes, el martes, el miércoles y el jueves. ¡Y haber quién era el guapo que rechistaba!

La ventaja de todo ello es que, para sustituir la falta de «esencias cárnicas», solía prepararnos unos exquisitos «potajes de vigilia», también llamados «de Cuaresma» por otros lares, que estaban de muerte, con perdón por la coincidencia con la festividad de la que estamos hablando. Como buena conocedora de este plato tradicional, al potaje no le faltaba de nada: garbanzos, espinacas y un poco de bacalao, aderezado todo ello con sus correspondientes dientes de ajo, cebolla, laurel, sal, perejil y un buen chorro de aceite de oliva. ¡Una auténtico «caprice des dieux»!, una expresión, por cierto, que en aquel tiempo cuaresmal parecía encajar a la perfección.

Además, ya en Semana Santa, si el ceño no se le había torcido y la abstinencia la habíamos respetado como Dios manda, otra expresión muy adecuada para la ocasión, mi madre nos hacía unas riquísimas torrijas, que preparaba con delicado esmero, empapando bien el pan en leche, y sin que les faltara las dosis justas de huevos, canela y aceite. Otra delicia culinaria por la que, sin duda, valía la pena pasar una Semana de Pasión, como aquellas que con tanto recogimiento vivíamos antaño; eso sí, sin virus ni confinamiento que la trastocase.

Texto incluido en el libro «El Retrovisor. Un paseo emocional por la memoria» (El ojo de Poe, 2029), páginas 139-140

https://elretrovisorblog.wordpress.com/pedir-libro/

 

2 comentarios sobre “De primero: «Potaje de vigilia»

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