Gasolineras: Servicio completo

Concluida la «Operación retorno» de Semana Santa, que, según parece, ha generado más de nueve millones de desplazamientos en coche, que ya son desplazamientos, toca volver a la cruda realidad. Pero a buen seguro que, a la hora de repostar durante el viaje de ida o de vuelta, más de uno se habrá acordado de aquellas gasolineras en las que lo de echar gasolina al vehículo solo era una parte del servicio completo que raro era que no te prestara cualquiera de los encargados de la misma.

Desde luego, los atascos infernales durante los viajes vacacionales tampoco faltaban, como, por desgracia, tampoco los accidentes de todos los tamaños, a lo que inevitablemente había que añadir las carreteras interminables de doble sentido… Era lo que había, y había que apechugar con ello. ¡Qué le íbamos a hacer! Ahora bien, de lo que hoy ya prácticamente no hay noticias, salvo raras excepciones, es de esas «maravillosas» gasolineras a las que antes hacía referencia y que, no hace tanto tiempo, era posible encontrar en cualquier localidad y en cualquier carretera de este bendito país.

Y lo de añorarlas no es solo porque en 1970, por ejemplo, el litro de Súper no costaba más de 10 pesetas, sino sobre todo porque en ellas uno no solo podía repostar. Me explico, en ellas no había de nada, o sea, no se vendían bebidas, periódicos, revistas, barras de pan, aperitivos varios, mapas de carreteras, ambientadores para coche, limpiaparabrisas, bolsas de hielo… y hasta bollos con denominación de origen del lugar.

Lo realmente importante es que uno llegaba con su vehículo, aparcaba delante del surtidor y poco tardaba en salir un señor ataviado con un mono de faena que enseguida preguntaba: «¿Le lleno el depósito?». Acto seguido, y mientras la gasolina iba alimentando al sediento coche, el señor en cuestión procedía a limpiar los parabrisas, a mirar los niveles si se terciaba y hasta, si uno se lo pedía amablemente, a verificar la presión de los neumáticos. Y todo por el mismo precio, es decir, las 10 pesetas del litro de Súper; merecida propina aparte. ¡Ah!, y sin que el agraciado cliente tuviera que mover un solo dedo.

Vamos, igualito que hoy día, que no solo hay que pagar a precio de oro el litro de gasolina, sino que encima uno mismo tiene que llenarse el depósito, si es que el presupuesto da para ello. Conclusión: un negocio limpio, de esos que ni para el cliente ni para sus bolsillos tienen la más mínima gracia.

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