Indigesta digestión

La familia Molina, plácidamente haciendo la digestión. Foto: José Molina.

En los días calurosos del verano, o sea, casi todos, la mejor noticia que podían darte tus padres es que iríais a pasar el día a la piscina, el río o la playa; caso este último si la paga de julio del cabeza de familia daba para pasar unas escuetas vacaciones en algún apartamento, hostal o pensión de una ciudad, pueblo o simple pedanía que dispusiera de acceso al mar; es decir, que tuviera playa, ya fuera de arena, pedruscos o «chinicos» —véase piedras pequeñas que al pisarlas se clavan en la planta de los pies como si fueran puñales recién afilados—.

En definitiva, que la buena disposición de los padres permitiera combatir el asfixiante calor de aquel día cociéndose bajo el sol, pero con la posibilidad de aliviar el bochorno, la canícula, la calorina, la sofoquina, la «caló» o el «torrao» pasados por agua, curiosamente igual que los huevos que las madres solían prepararnos para cenar.

Y así, con esa ilusión desmedida acudíamos con la familia a uno u otro sitio dispuestos a que aquel día fuera «el mejor de nuestra vida». Por supuesto, tal y como estaba previsto, todo empezaba estupendamente: muchos juegos, estupendos baños —siempre sin olvidarse de llevar bien puestos los manguitos o, en su defecto, el «rosco» (véase flotador) bien hinchado de aire—, alguna ahogadilla que otra y… ¡a comer!

Lo de la comida prometía ser otro buen momento, habida cuenta de que, para tan emocionante ocasión, nuestra madre había convenientemente preparado un poco de chorizo de Pamplona para el aperitivo, tortilla de patatas, filetes empanados, claro está, y de postre una sandía de 12 kilos de gorda; es decir, un menú de lo más socorrido para saciar el apetito veraniego. ¡Ah!, y todo ello bien regado con vino tinto con gaseosa o sifón, según costumbre y gusto, a veces apto para todos los públicos.

Hasta ahí todo perfecto. El problema surgía inmediatamente después de almorzar, o sea, cuando al niño, a la niña o a ambos se les ocurría emitir aquella «improcedente» pregunta que rezaba: «¿Me puedo bañar ya?». A la que la madre respondía inmediatamente y con irritante contundencia: «¡Pero cómo que bañarse ya! ¡Antes tendrás que hacer la digestión!».

Y esa era precisamente la maldita palabra que nos amargaba el resto del día: «digestión». Y es que no se sabe por qué preciso y completo estudio científico las madres sabían que, después de comer, había que esperar al menos ¡dos horas y media antes de poder bañarse!, para evitar que «se cortara la digestión». El horario de restricciones se complicaba aún más cuando se había digerido el dichoso filete empanado porque, en ese caso, la digestión se extendía incomprensiblemente a las tres o tres horas y media, según la fuente científica a la que cada madre hubiese acudido.

Antigua piscina Neptuno de Granada. http://granadablogs.com

Resultado: pues lo mismo de siempre, que «el mejor día de nuestra vida» se acababa reduciendo a «el mejor medio día de nuestra vida», porque las tardes en la piscina, en el río o en la playa terminaban después de degustar el famoso menú veraniego, y ya no quedaba sino pasar el resto del día haciendo castillos de arena, deshinchando el rosco, dándole patadas sin sentido al balón de Nivea que también nos habíamos llevado, buscando conchas en la orilla o jugando al parchís con la prima que había tenido a bien venir a pasar el día con nosotros y, por ende, a disfrutar de una tediosa e «indigesta» tarde de verano.

Texto incluido en el libro El Retrovisor. Un paseo emocional por la memoria (El Ojo de Poe, 2019), páginas 123-125

https://elretrovisorblog.wordpress.com/pedir-libro/

2 comentarios sobre “Indigesta digestión

  1. Bueno, creo que la siesta era obligatoria, salvo en casos excepcionales como los que cuento, cuando íbamos a pasar el día a la piscina o a la playa. En verano, además, con el calor que hacía, me parece que la siesta era una tortura. Por supuesto, nunca me dormí, así que hacía lo imposible por pasar la tarde jugando leyendo, aunque fuera solo. Pero era lo que había.

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