A bordo del «Juan Sebastián Elcano»

El «Juan Sebastián Elcano» en Santa Cruz de Tenerife. Foto: Miguel A. Noriega Agüero

Según informaba el diario «El País» del 12 de agosto de 2018: «Tres exmarineros del buque escuela “Juan Sebastián de Elcano” se han confesado culpables de narcotráfico y han pactado con el fiscal una pena de dos años de cárcel, lo que les evitará volver a ingresar en prisión». Al parecer, aclaraba la información, «aprovechando la absoluta falta de controles y los privilegios de los que gozaba como buque de Estado, el “Juan Sebastián de Elcano” se convirtió, durante el crucero de instrucción de 2014, en un instrumento privilegiado del narcotráfico a gran escala desde Colombia a Estados Unidos».

¡Caramba!, fue la primera y moderada expresión que se me vino a la cabeza nada más leer la noticia, aunque quizás lo suyo hubiera sido remitirme a un listado de sinónimos malsonantes, que desde luego la ocasión lo merecía. En todo caso, echando mano al «retrovisor» de la memoria, este turbio asunto que ha salpicado al «Juan Sebastián Elcano» para nada empaña la imagen que, especialmente de jóvenes, teníamos de este buque-escuela de la Marina, que para muchos era como el símbolo de nuestro país allende los mares, lo que no era moco de pavo.

Así al menos nos lo vendían, y así probablemente sería, pero qué más da como fuera. Lo cierto es que, en los 50 y los 60, este «bergantín-goleta» nos parecía un milagro de la navegación, un velero que surcaba elegantemente los mares, como esos esplendoroso navíos que veíamos en las películas y que nos parecían de ensueño.

Por eso, cuando en el NO-DO o en TVE nos anunciaban su llegada a cualquier puerto o su regreso a España después de un largo viaje por medio mundo, nos quedábamos ensimismados viéndolo, sobre todo cuando la tripulación de guardiamarinas que iban a bordo, impecablemente uniformados de blanco o de azul, según la época, la graduación y las circunstancias, formaba en la cubierta para dar la bienvenida a las autoridades competentes.

En esos momentos, muchos soñábamos con ser algún día guardiamarinas y poder así navegar libremente por mares y océanos, descubriendo nuevos mundos y, a ser posible, conquistando un corazón en cada puerto, como también, por cierto, veíamos en las películas.

Como es de suponer, ni lo uno ni lo otro fue posible, salvo excepciones que haya habido por ahí, que seguro que las hubo, pero, en cualquier caso, esa imagen intachable e idílica que teníamos entonces del «Juan Sebastián Elcano» aún reluce en nuestra retinas, quizás como el símbolo de uno de esos momentos en los que nuestra imaginación volaba, o más bien navegaba, más allá de nuestras estrechas fronteras terrestres.

 

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