Operación retorno. «El regreso»

Como el que no quiere la cosa, habían llegado a su fin las «apacibles» vacaciones del verano, que, como solía suceder cada año, nos habían vuelto a dejar el cuerpo y el bolsillo como recién estrenados. Así que ya era hora de ir haciendo las maletas y de poner rumbo a casa, donde nos aguardaba el ansiado descanso hogareño, cómodamente acurrucados en nuestro sofá de toda la vida, ese de escay rojo que con tanto cariño nos acogía y en el que lo de descansar sí que adquiría todo su sentido.

Por fin, si nada se torcía por el camino, todo volvería a la normalidad, después de quince infernales días en la que podría catalogarse como «la casa de los horrores», o sea, un apartamento de apenas 50 m2, en un 6.º sin ascensor, con vistas a un sórdido patio de luces que solo permitía intuir que, en efecto, el mar existía gracias a un pequeño reflejo en la ventana del apartamento de enfrente. Sin olvidar, por supuesto, que entre sus escuálidas paredes, donde podía experimentarse la sensación de un langostino cociéndose a fuego lento, era posible que pronto se originara lo que luego se conocería como el «calentamiento global del planeta».

Durante esos días de asueto, de cuyas peripecias será mejor no hablar, salvo quizá referir el triste fallecimiento del canario debido a un golpe de calor, de la también penosa desaparición de la dentadura de la abuela, esta vez a causa del golpe de una ola, y del tono «rojo cangrejo» que una vez más habían adquirido mis padres por su impertérrita exposición al sol, lo que sí habíamos podido constatar es que, como bien anunciaban los medios de comunicación y, por ende, los rumores de la calle, «el turismo era un invento estupendo», especialmente para los que podían sacar tajada del mismo y para los que tenían a bien poder disfrutar de él como Dios manda, y no condenados al más abyecto infierno.

Playa de Las Arenas (Valencia, 18-8-1967), donde ya se dejan ver los primeros bikinis. Foto: EFE

Así las cosas, lo único que nos quedaba ahora era embarcarnos con decisión y coraje en la llamada «operación retorno», que, según las autoridades competentes, este verano prometía ser bastante tranquila, lo cual presuponía que habría pocos accidentes y escasos atascos, algo que, de cumplirse según lo previsto, habría que celebrar con gran alegría y entusiasmo. Siempre, claro, haciendo caso omiso a las informaciones que auguraban lo contrario. Como la del diario «ABC», por ejemplo, que en 1965 consideraba que «las cifras de accidentes de carretera en España crecen en proporción aterradora». Claro que, bien pensado, y teniendo en cuenta que ese año se habían matriculado en nuestro país nada menos que 355.289 vehículos y que las carreteras dejaban bastante que desear, parecía obvio que los resultados de los «análisis circulatorios» no prometían nada bueno.

En todo caso, y dejando a un lado las informaciones periodísticas, lo único cierto es que tocaba ya asumir con denodado optimismo aquello de «la carretera Nacional es tuya», que años más tarde nos cantaría Moncho Alpuente y su Desde Santurce a Bilbao Blues Band, aunque, todo sea dicho, el «denodado optimismo» duraba más bien poco, o sea, justo lo que se tardaba en arrancar el coche y seguir las indicaciones de «Salida», que por lo visto era una trampa mortal en la que cientos de vehículos más caían apenas unos cuantos kilómetros más allá. Y es que lo de los atascos también era como para echarse a llorar, y eso que, bien pensado nuevamente, el que cada vez hubiera más coches y que casi todas las carreteras fuesen de doble sentido explicaban sin demasiada dificultad aquellas kilométricas caravanas que se formaban todos los años a la ida y a la vuelta de las vacaciones, por mucho que desde Tráfico advirtieran de que sería una «operación retorno» de fábula.

Conclusión: una vez más volvíamos a ser «testigos privilegiados» de uno de aquellos monumentales y desesperantes atascos que apenas si daban algunos kilómetros de tregua durante todo el trayecto. Y es que, no se sabe muy bien por qué misteriosa razón, siempre que la carretera se empinaba un poco, surgía de la nada un Seat 600 cargado hasta las trancas, que montaba una fila de vehículos tras de sí de las que hacían historia. Como adelantarlo era una auténtica «misión suicida», considerando además que el coche en el que circulábamos era un modesto Renault 8, que tampoco es que diera para mucho lucimiento, era preciso esperar pacientemente a que por fin apareciera una recta en la que poder dejar atrás al dichoso «pelotilla». La alegría, sin embargo, duraba poco. Apenas unos kilómetros más allá, de nuevo la carretera se empinaba y, cómo no, otro Seat 600 volvía a surgir de las entrañas del asfalto.

Hay quien piensa, incluso, que todo aquello no era sino una maniobra de la Dirección General de Tráfico para ralentizar la velocidad de los vehículos y, con ello, frenar la escandalosa cifra de accidentes que auguraba «ABC», y quién sabe si hasta para conseguir que nuestras «apacibles» vacaciones veraniegas durasen un poco más de lo previsto, algo que quizás merecería una investigación más en profundidad. Pero, lamentándolo mucho, ahora no hay tiempo para ello, que aún vamos por Motilla del Palancar y todavía nos quedan unos cuantos kilómetros para llegar a casa y seguramente algún atasco que otro, que también es menester disfrutar como se merece del hermoso paisaje manchego…

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