El «pegadizo» sofá de escay

Según el «Diccionario panhispánico de dudas» de la RAE, que se las sabe todas, «escay» es la adaptación gráfica de la marca registrada «skai», usada en España para designar «cierto material sintético que imita el cuero». Y a modo de ejemplo utiliza la siguiente frase: «Ellas se sentaban en un sofá de escay negro» (Aparicio «Retratos» [Esp. 1989]). Además, advierte que debe evitarse el uso de la forma no adaptada «skai», así como el de la grafía «skay», que es el término original inglés.

Hasta aquí todo correcto. Claro que, como es lógico por otra parte, lo que ya no dice el Diccionario, a pesar de la práctica frase con la que ilustra la resolución de la duda, es que con este material se fabricaban la mayoría de los sofás y sillones de los años 60 y 70 —fabricación también extensible a sillas, banquetas, pufs y, en general, cualquier elemento decorativo destinado a reposar en él las partes nobles—, e ignoro si los de antes y los de después, logrando que el acomodo en los mismos, dicho sea sin ánimo de ofender, fuera de todo menos confortable.

Y es que el dichoso escay tenía la maldita facilidad de que, fuese la época que fuese, sentarse en un sofá o en un sillón fabricado con semejante material acabara convirtiéndose en una verdadera tortura, salvo que encima de los mismos se colocara una tela o paño convenientemente ajustados a ellos.

La cuestión básica es que, en verano, el contacto con este material hacía que se sudara como un gorrino y que, acto seguido, uno se quedara pegado a él como si hubiese sido untado con Super Glu3. En invierno, en cambio, el proceso era todo lo contrario; o sea, que este material era tan frío, que hacía que, cuando alguien se sentaba en un sofá de escay, inmediatamente iniciara un proceso de congelamiento, que solo se solventaba estando bien arropado en una manta, o procediendo con indolencia a quemar el traicionero sofá, que no entendía de épocas del año.

Pero era lo que había. Los sofás o sillones de escay era relativamente baratos, comparados con los de piel, y muy fáciles de limpiar, así que, en este sentido, eran más sencillos de conservar que los tapizados con tela, que además ya entonces parecían «poco modernos».

Lástima que Ikea o Conforama aún no estuviesen en activo en aquella época y, por consiguiente, no hubiesen inaugurado sus tiendas en España. Seguro que, de haber existido entonces, para los españoles las tardes de sofá hubieran sido un poco más cómodas y menos «pegadizas».

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