La llegada de Sara

Nos habían dado día y hora, como el que reserva una mesa en un restaurante, de modo que el «efecto sorpresa» se había perdido por completo: nada de roturas de agua, nada de sobresaltos nocturnos, nada de preparativos improvisados, nada de volantes sin sellar, nada de contracciones incontrolables… Aun así, las fechas previas al «día H» las vivimos con la lógica inquietud y, al mismo tiempo, con el deseo de que todo acabara cuanto antes. Al fin y al cabo, el embarazo se había hecho interminable, con demasiadas complicaciones desde el principio que parecían no fueran a resolverse nunca.

En busca del «del paquete»

Pero, finalmente, a las nueve en punto de la mañana, ahí andábamos mi mujer y yo camino de la clínica, con la maletita en la mano y el corazón repartido entre nuestro hijo Alejandro, de ocho años, a quien, cómo no, habíamos dejado con sus abuelos, y el futuro inmediato que nos aguardaba a la vuelta de la esquina. En cierto modo teníamos como la sensación de quien va a una sucursal de Correos en busca de un paquete frágil, con la incertidumbre de saber si ha llegado o no en perfectas condiciones.

El «paquete», sin embargo, aún tardaría algunas horas en llegar a su destino. Antes vendrían, seguramente, los peores momentos: el trayecto en coche hasta la clínica, en silencio y con la mente en blanco; los trámites del ingreso en la recepción del «hotel», la aparición de la comadrona, tan fría como profesional; los incómodos preparativos al parto, y… el estallido de nervios cuando la camilla, sin previo aviso, entró en la habitación dispuesta a «secuestrar» a mi mujer sin pedir rescate.

A partir de ese momento, suyos fueron los escalofríos, el miedo y la cesárea, y mías la tensión, la angustiosa espera y la incredulidad de que todo aquello estuviera sucediendo realmente. En el fondo de mi memoria, algo me decía que ya había vivido la misma experiencia con mi primer hijo, pero lo cierto es que este segundo nacimiento volvía a ser un emocionante e imprevisible viaje a lo desconocido.

Clavadita a su padre

De pronto, después de que ya hubiera perdido por completo la noción del tiempo, a las doce menos diez irrumpía en la sala de espera la matrona llevando un pequeño tesoro entre sus brazos. Desde el primer instante supe que era Sara, mi hija, y estoy convencido de que hubiera podido reconocerla entre un millones de bebés. Por si acaso, la «mensajera real» se encargó enseguida de recordármelo: «Es clavadita a su padre». Y la verdad es que su piel morena, su cabeza redondita y su inconfundible nariz «esparramada» la delataban demasiado.

Fueron solo unos instantes, los suficientes para comprobar que, finalmente, todos las ilusiones, las angustias y los sueños vividos se habían hecho de carne y hueso, y para comprender que, a partir de ese momento, una nueva «cosita» se había colado para siempre en nuestras vidas. Ahora, solo faltaba confirmar con el doctor que todo había salido bien, que la criatura había nacido sana y fuerte y que la madre estaba en perfecto estado.

Desde luego, nunca olvidaré aquella hermosa y conmovedora sensación, como tampoco he podido olvidar el primer encuentro con mi hijo Alejandro, cuando, al verlo recién nacido, solo se me ocurrió decir: «¡Pero esto es mío!».

Ser o no ser

Pasados los tediosos días de hospital, con las irremediables molestias para la madre, aún tardarían tiempo en cicatrizar los ramos de flores imposibles, las visitas fugaces y eternas, los primeros llantos, las primeras noches de insomnio, los primeros y titubeantes pañales y los primeros biberones, pero, pese a todo, había una cosa que realmente nos preocupaba: ¿como sería la vuelta a casa?; o, mejor dicho, ¿cómo sería nuestra vida a partir de ahora? Con los cuarenta a cuestas, una edad que no siempre perdona, y un hijo de ocho ya criado, pensábamos que, con toda seguridad, las cosas nunca volvería a ser como antes. Es el tiempo en el que te asaltan todas las dudas del mundo: «quizá hemos tardado demasiado en tener el segundo hijo»; «¿tendremos energías suficientes para criarlo?»; «¿cómo responderá Alejandro cuando tome conciencia de que su hermanita no es una visita de cortesía?»; «¿sabremos querer por igual a los dos hijos?»; «¿hervir los biberones o utilizar el método Milton?»…

Un rayo de luz

A punto de cumplir los seis meses, lo que sí nos ha confirmado Sara es aquello que con insistencia me decía una antigua compañera de trabajo: «En una casa siempre debería de haber un bebé». Por lo pronto, durante este corto pero intenso periodo de tiempo, hemos vuelto a repasar todo el interminable repertorio de vacunas, controles de peso, baños «audiovisuales», cereales sin gluten, urgencias, sobresaltos, palabras balbuceantes y sonrisas maravillosas.

Por descontado, todavía nos quedan por resolver algunas de aquellas dudas «trascendentales», y Alejandro, de vez en cuando, sigue inconscientemente recelando del «cuarto pasajero». Tal vez mañana haya que barrer algo de pelusa debajo de su cama. Claro que muchas otras cosas se han incorporado a nuestra rutina emocional con contrato laboral indefinido, como que el cuatro es nuestro nuevo número de la suerte; que, de pronto, nos hemos quitado veinte años de encima; que la capacidad de amar es infinita, o que, por muy nublado que esté el día, cada mañana, cuando vemos despertar a Sara, un deslumbrante rayo de luz inunda nuestras vidas.

(A mi hija, la niña de mis ojos, que hoy cumple 21 años)

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