21 de noviembre ¡Solo ante el tallaje!

Dos eldenses leen en el periódico la noticia de la muerte de Franco

¡Vaya por Dios! No había días en todo el año, y va y el 21 de noviembre de 1975, que ya es casualidad, me toca ir a eso que se llamaba «tallarse», o sea, a ver si te daban o no el visto bueno para ir a la «mili»; mejor dicho, al Servicio Militar, para darle un tono más serio al asunto, que por aquel entonces todavía era obligatorio, como ir a la escuela, echarte novia y hacerte un hombre de provecho.

Como es fácil adivinar, aquel día me levanté aún con el susto en el cuerpo después de la noticia del fallecimiento, el día anterior, de Francisco Franco, quien hasta entonces supuestamente había ejercido de jefe del Estado o de algo similar, que muchos todavía no hemos acertado a descifrar. Y, como también es fácil suponer, incluso lo de salir a la calle daba un cierto repelús, teniendo en cuenta que no sabía muy bien si podía armarse la gorda o si la gorda ya se había armado con anterioridad y ahora solo quedaba empezar un plan rápido de adelgazamiento, o sea, otro «régimen» dietético, que el anterior no parecía haber funcionado demasiado bien.

Con semejante panorama, no tuve más remedio que ponerme en marcha ese día, aunque un poco a cámara lenta, que ni la cabeza ni el cuerpo estaban para muchos sobresaltos. En mi caso, además, como supongo que en el de muchos, el destino quiso que ese inquietante 21 de noviembre tuviera cita para personarme en la Junta Municipal del distrito Centro de Madrid, donde, según constaba en el escrito administrativo recibido unos días antes, debía proceder a lo de tallarme, paso previo para emprender el «glorioso» camino hacia el Servicio Militar.

Ni que decir tiene que el corto trayecto que separaba mi casa de la susodicha Junta se me hizo eterno, como si más que recorrer unos cientos de metros estuviera haciendo el Camino de Santiago completo por la ruta de Roncesvalles. Por las calles, como era previsible, no circulaban demasiados vehículos ni demasiados viandantes, o esa impresión me daba, que a veces me sentía como Gary Cooper en «Solo ante el peligro», o mejor dicho, «solo ante el tallaje». Además, para que nada me distrajera del susto con el que había salido de casa, me parecía como si a cada paso se multiplicasen los quioscos de prensa, empapelados hasta las cejas con las portadas de todos los periódicos dando cumplida cuenta de la impactante noticia que nos había sacudido el día anterior.

Pero por fin, después de aquella interminable «travesía del desierto», logré llegar intacto a mi destino, sin haber sufrido un solo rasguño. Ya frente a la puerta de entrada a la Junta Municipal, solo me cupo la duda de saber si allá arriba, en la primera planta, habría alguien esperándome o si el edificio habría sido tomado al asalto y un batallón de fuerzas armadas hasta los dientes me impedirían el paso, como en la leyenda de «El Álamo», que tanto me gustaba ver en las películas.

Pues no, todo parecía estar extrañamente tranquilo. Eso sí, un silencio sepulcral, lógico por otra parte, invadía todo el edificio, al que con la misma resignación unos habían acudido a realizar gestiones ordinarias y otros, como un servidor, a tallarse para ser «convalidado» como apto para, el día de mañana, servir fiel y ardorosamente a la patria, calificación que por cierto no obtuve. Eso que me ahorré, pues, a partir de entonces, el miedo fue poco a poco despareciendo de nuestros cuerpos y lo de patria, afortunadamente, comenzó a tener otro significado, que sería preciso no defender con tanto valor y ahínco.

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