La aventura de leer (I): De «Pulgarcito» a «Ivanhoe»

«Muchos de aquellos a los que de pequeños les volvían locos los tebeos de “Roberto Alcázar y Pedrín”, “El Guerrero del Antifaz”, “Sissi” o “Pulgarcito”, o aquellos preciosos cuentos troquelados de Ferrándiz, los de hadas de la colección Azucena o los de “Antoñita la Fantástica”, poco a poco se fueron enganchando al “saludable hábito de leer”»*.

Con semejantes antecedentes literarios, y a medida que íbamos colándonos a hurtadillas en la adolescencia bien empapados también de las aventuras de «El Capitán Trueno», «El Jabato», «Hazañas bélicas», «Mary Noticias» o «Lilian Azafata del aire», poco tardamos en sentirnos atrapados por aquellos maravillosos libros de la serie «Clásicos juveniles» de la Editorial Bruguera, que eran el eje principal de la colección «Historias Selección». Con unas ilustraciones fantásticas, que hacían que las historias de cada libro fueran mucho más atractivas, y unas portadas que siempre nos llamaban la atención, aquellos «clásicos» se convirtieron en nuestros libros de cabecera desde que empezaron a publicarse a finales de los años 60.

Los relatos que descubríamos en aquellos libros nos sumergían, poco a poco, en mundos apasionantes, en los que podíamos vivir aventuras extraordinarias y sentirnos, por unos instantes, héroes legendarios, piratas, jefes de una tribu india, intrépidos vaqueros, correos del zar o valientes expedicionarios en tierras africanas.

Entre los muchos títulos que leí entonces, algunos de los cuales todavía conservo con mucho cuidado y cariño en la estantería del salón, nunca olvidaré joyas de la literatura juvenil como «Miguel Strogoff», de Julio Verne, «Ivanhoe», de Walter Scott, «Guillermo Tell», de Friedrich Schiller, «Los tres mosqueteros», de Alejandro Dumas, «Buffalo Bill», de W. O’Connor, «Quo Vadis?», de ‪Henryk Sienkiewicz, «Robinson Crusoe», de Daniel Defoe, o «Lawrence de Arabia», de Elliot Doodley, por citar solo unos pocos. ¡Ah, bueno!, y que no se me olvide: hasta «Joselito en el Oeste», de Joseph Lacier, que joya de la literatura no es que fuera, ciertamente, pero que me pareció lo más, quizá porque nunca imaginé a mi ídolo cinematográfico cabalgando por el «salvaje Oeste».

Ilustración de cubierta de «Ivanhoe», de Walter Scott (Penguin Clásicos)

Pues todos aquellos libros, sin duda, formaron parte de la vida de muchos niños, adolescentes y jóvenes en ciernes de aquel tiempo en el que estábamos ansiosos por saber, descubrir y vivir emociones fuertes, y que afortunadamente en la lectura encontramos una de las mejores formas de evadirnos y de forjar sueños aún por cumplir.

* «Queridos recuerdos de los años 50 y 60» (Senior Expert, Madrid 2017), páginas 52-53.

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