A Salvador Távora, teatro en las venas

Con ocasión del estreno en el teatro Albéniz de Madrid de la majestuosa «Carmen. Ópera andaluza de cornetas y tambores», allá por 1996, tuve el honor de poder entrevistar para la revista «Paisajes desde el tren» a su director, Salvador Távora, a quien hacía ya muchos años que admiraba por su impagable trabajo al frente de La Cuadra de Sevilla, una de aquellas compañías que nacieron a finales de los 60 y comienzos de los 70 con la etiqueta de «teatro independiente», y a las que aún no se les ha rendido el homenaje que merecen.

En aquella inolvidable y larga conversación que tuve con él, en la que hablamos de casi todo, pude confirmar de primera mano lo que hasta entonces había pensado de él; es decir, mi idea de un hombre de teatro profundamente enamorado de su profesión, pero también comprometido «hasta la médula» con los tiempos, presentes y pretéritos, que nos ha tocado vivir, lo que afianzó aún más mi sensación de estar cara a cara con un persona honesta, íntegra, valiente, independiente, luchadora, de una honda cultura y fiel a sus principios, no solo teatrales, sino también sociales, costase lo que costase.

Y a medida que fue discurriendo nuestra charla, me fui acordando de «Quejío», aquel sorprendente primer montaje de La Cuadra, allá por 1972, año aún difícil de digerir y en el que la censura continuaba siendo implacable, cuya extraordinaria fuerza escénica reflejaba la opresión del proletariado andaluz. Sin necesidad de texto dramático, solo con cante, baile y la potencia visual del montaje, esta primeriza obra marcará para siempre los sucesivos trabajos de La Cuadra. Al fin y al cabo, como el propio Távora afirmaba: «El flamenco es la expresión del dolor de un pueblo».

Según el crítico francés Pièrre Marcabru, en «“Quejío” no hay nada hablado, todo es cantado, bailado, y nunca la violencia de la opresión, tal como la rebelión, han sido tan claras. La penumbra, tres llamas, sombras encadenadas, guitarra y voz humana: ya es bastante. Todo es posible» («Quejío, un cante jondo»: «France-Soir», 2-5-1973).

Pero también me acordé de «Andalucía amarga» (1979), a cuyo estreno en Madrid tuve la suerte de ir, de «Nanas de espinas» (1982), de «Piel de toro» (1985), de «Las Bacantes» (1987), de «Alhucema (Aire de historia andaluza)» (1988)…, y de tantos otros montajes más, en los que Távora lograba darle poderío dramático a las esencias más profundas del pensamiento y las tradiciones andaluzas, al dolor y a la alegría que se funden por igual en aquellas luminosos tierras del sur.

A los pocos días de aquel encuentro con Salvador Távora, que permanece imborrable en mi memoria, recibí por correo un programa de «Carmen» en cuyo interior el propio Távora me hacía constar su agradecimiento por la entrevista que habíamos tenido, además de una invitación personal para asistir a una de las funciones, cosa que evidentemente no pude rechazar.

Todavía recuerdo aquella personalísima «Carmen» que te atrapa entre sus garras y, especialmente, esa banda de «cornetas y tambores» que te desgarra el alma. Y mientras trato de desempolvar aquel emotivo momento, me resulta inevitable volver a evocar la figura de Salvador Távora, al que le deseo lo mejor en su «otra vida», a la que puso rumbo la madrugada del 8 de febrero de 2019. Solo espero que la despedida sea gloriosa, como los «quejíos» de sus montajes, con los que logró zarandearnos hasta conseguir que todas la emociones fluyeran en nuestro cuerpo.

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