«¡Qué orgulloso estoy de mi padre!»

Cuando recuerdas alguna anécdota de tu padre o algo que hiciste con él cuando eras pequeño, no necesitas mucho para darte cuenta enseguida de que, para sentirte feliz a su lado, saber que lo querías con toda el alma y que estabas orgulloso/a de él, no hacía falta emprender grandes aventuras ni hacer cosas extraordinarias. Bastaba solo con salir a dar un paseo con él, cogerle de la mano o mirarle a los ojos. Nada más.

Y eso, en cierto modo, es lo que nos cuenta José María, Chema para los amigos, en este precioso relato, una historia real con la que quiere recordar de nuevo aquel maravilloso domingo que pasó junto a su padre. Aquella bonita mañana en la que simplemente fueron al Rastro a cambiar cromos, pero en la que todo acabó convirtiéndose en un día mágico que nunca ha podido olvidar…

Un relato de José María Vedia en recuerdo de su padre

«José Mari, mañana voy al Rastro. Tengo que comprar unas piezas de cuero. ¿Me acompañas? —me preguntó mi padre—. También podemos ir a cambiar los cromos que te faltan de la colección “Campeonato de Liga 1965-1966”». «¡¡Sí!!», contesté rápidamente. Me faltaban diez para completarla; entre ellos, el más difícil, el cromo de Amancio, que era imposible conseguirlo.

A la mañana siguiente, salimos de casa. Llevaba mi lista de cromos que me faltaban. Sorteamos varias calles hasta llegar al Rastro. Mi padre me dijo: «Agárrate a mi mano y no te sueltes». Yo curioseaba todo a mi alrededor. ¡¡Qué bullicio!! Puestos que vendían todo lo inimaginable, ruido, olores, voces, gente de aquí para allá…

Llegamos a la Plaza del Campillo Nuevo Mundo. Allí se arremolinaban grupos de gente cambiando y comprando cromos de todas las colecciones: «La Familia Telerín», «Vida y color»… y la que yo buscaba: «Campeonato de Liga». Saqué mi lista y, entre grupo y grupo, conseguí cambiar nueve cromos que me faltaban, pero el de Amancio no lo tenía nadie. Compungido, le dije a mi papá: «Solo me queda uno y es muy difícil». «No te preocupes», me dijo mi padre. Se acercó a un hombre bajo, enjuto y con pinta rara. Tenía una cartera de la que sacó varios álbumes muy bien ordenados. Habló con él. Vi cómo le daba unas monedas y conseguía el cromo que me faltaba: ¡¡¡Amancio!!!

Estaba en una nube. Había terminado mi colección.

Subimos por la calle Carlos Arniches hasta un puesto que tenía todo tipo de cueros. Mi padre miraba, tocaba, olía y doblaba distintas piezas. Comentó la calidad de estas con el encargado, un individuo regordete, calvo y con las mejillas rojizas. Con una sonrisa simplona, por fin se decidió por una pieza prácticamente blanca y de buena textura. Después de regatear con el dueño, llegaron a un acuerdo y la compró.

«Papá, ¿para qué quieres el cuero?», le pregunté. «Tranquilo, ya lo sabrás», me contestó. Subimos hasta la Plaza de Cascorro y entramos en una tienda de deporte, «La Flecha de Oro». Me quedé impresionado. Había un material deportivo para todos los gustos: camisetas, balones, raquetas, etc. Al llegar al mostrador, una figura con bata azul marino, bigotito y gafas oscuras le preguntó a mi padre: «¿Qué desea, señor?». «Una cámara y una válvula», contestó mi padre. Desapareció entre unas cortinas y, al momento, apareció con el pedido. Puse una cara desagradable al ver la cámara, que parecía un corazón de goma. Le pregunté otra vez a mi padre: «¿Para qué es eso?». «No seas impaciente —me contestó—. Ya lo verás».

Al salir, me quedé inmóvil. Había unas botas de fútbol negras con una franja blanca a los lados. Eran preciosas. Me imaginé con ellas puestas, regateando, chutando, metiendo goles de todas las posturas. Mi padre se dio cuenta enseguida. «¿Te gustan, verdad?», me dijo. Yo subía y bajaba la cabeza, con algo de vergüenza, diciendo «sí»… Hizo una señal al dependiente, y este apareció con dos cajas de botas para que me las probara. Cuando me las puse, sentí una fuerza interior que me hizo sentir como si fuera Di Stéfano. Me veía metiendo goles y más goles. No me lo podía creer. Me abracé a mi padre. «¡Gracias, papá!», le dije emocionado—. Bajamos por la calle Embajadores de regreso a casa, con una mano agarrada a la de mi padre, y la otra con la caja de mis botas. Había sido uno de mis mejores domingos.

Los días siguientes, observé cómo mi padre hacía unas plantillas de hexágonos y pentágonos que ponía sobre la pieza de cuero y los dibujaba. Luego, con unas tijeras cortaba los cortaba uno a uno y les hacía unos agujeritos a su alrededor. Los pentágonos los pintaba de negro.

Empecé a ver que cosía unas piezas con otras. Todo era muy laborioso. La curiosidad me corroía, hasta que una tarde le pregunté: «Papá, ¿qué estás haciendo?». «José Mari —me contestó—, ya me queda menos para que lo sepas».

Una mañana me acerqué sigilosamente y vi cómo pegaba algo al corazón de goma, o sea, a la goma. Me miró y salí corriendo. Estaba nervioso. La curiosidad no me dejaba dormir: «¿Qué estaba haciendo mi padre?», me preguntaba.

El domingo siguiente, al despertarme, abrí los ojos y vi a mi padre con un balón de reglamento en sus manos. ¡Era precioso! «Es para ti —me dijo—. Lo he cosido con mis manos para demostrarte el cariño y el amor que te tengo». ¡No me lo podía creer!

Por fin pude descubrir todo lo que había sucedido desde el maravilloso domingo del Rastro. Aquel fue mi primer balón y, desde aquel día, nunca me faltaron. Siempre iba con uno debajo del brazo hecho por mi padre.

¡¡Qué orgulloso estoy de mi padre!!

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