«El turismo es un gran invento», ¿qué no?

Aquellos españoles que, durante los tórridos días de verano, tenían la suerte de poder disfrutar de unas merecidas vacaciones, también podían constatar «en vivo y en directo» que, como bien anunciaban los medios de comunicación y, por ende, los rumores de la calle, «el turismo era un invento estupendo», especialmente para los que podían sacar tajada del mismo y, por descontado, para los que tenían a bien poder disfrutar de él como Dios manda.
En todo caso, por seguir insistiendo en el tema, como con buen criterio se titulaba aquella divertida película de Pedro Lazaga, protagonizada por Paco Martínez Soria y José Luis López Vázquez, entre otros grandes actores, «El turismo es un gran invento». El filme, por cierto, que contaba las peripecias de un alcalde que decide convertir su pequeño pueblo de Aragón en un gran centro turístico para promover su desarrollo, se estrenó en 1968; o sea, justo cuando el boom turístico había empezado a hacer de las suyas, y apenas un año después de que Cristina y los Stop se quedaron cortos en sus estimaciones cuando, en 1967, cantaban aquello de «El turista 1.999.999», cifra que encajaba bien en la melodía, aunque lejos quedaba de los cerca de 20 millones de turistas que ese año tuvieron la deferencia de visitarnos, lo que nos convirtió en el primer destino turístico del mundo, como bien constaba la Unión Internacional de Organismo Oficiales de Turismo.

Y es que, hay que ver, con la de años que habíamos pasado en los que casi nadie quería venir a vernos y, de pronto, como el que no quiere la cosa, a lo largo de los 60 empezaron a invadirnos turistas desde todos los puntos del planeta. De hecho, en 1950, por ejemplo, apenas 749.544 extranjeros se asomaron por nuestras frontera, mientras que en 1973 la cifra ascendió nada menos que a ¡34,5 millones!, que ya son turistas. Eso sí, todavía muy lejos de los 82,6 que nos visitaron en 2018.

Estaba claro que aquello de «Spain is diferent» había calado hondo y, sobre todo, que lo de tanto sol y tantas playas se había convertido en una oferta demasiado tentadora. Y, claro está, la consecuencia de todo ello fue que el turismo se convirtió «en un gran invento», como bien anunciaba la película, y especialmente «en un gran negocio», que, en tiempos de desarrollo, pero aún de muchas necesidades, nos ayudó, y de qué manera, a sacarnos las castañas del fuego. Bueno, y de paso, a constatar con certeza que el mito de las suecas rubias era cierto y de que no era mentira que los galanes italianos eran guapos y seductores.

El turismo, sin duda, sirvió para llenar la hucha del país, que tan vacía anduvo —y anda— durante tanto tiempo, pero también para relacionarnos con aquel mundo que latía más allá de los Pirineos y del que habíamos tenido escasas noticias durante largos años.

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