Vacaciones de verano para mí…

Por fin las merecidas vacaciones familiares estaban al caer. ¿La fecha? Pues un día cualquiera del mes de julio o de agosto, lo mismo da, de 1966, por poner un año —aunque esto último resulta intrascendente para todo lo que acaece de aquí en adelante—. Lo que no variaba, como todos los años, era el destino; o sea, a ser posible una localidad playera del sur peninsular, de esas que estaban poniéndose tan de moda y que, por lo que parecía, iban a acabar saturadas de veraneantes. Pero, claro, tenían la ventajas de que eran más económicas y, por consiguiente, el alquiler de un apartamento, pensión u hotel resultaba mucho más accesible al bolsillo familiar.

Pistoletazo de salida

Como la experiencia dictaba, el primer objetivo era salir de viaje a las 5 de la mañana, con el fin de que no hubiera nadie en la carretera, aunque, como también la experiencia debería advertir, esa «original» idea volverían a tenerla miles de veraneantes, que de nuevo se verían las caras en alguno de los muchos atascos que aguardaban durante los interminables 500 km que era preciso recorrer para llegar al punto de destino.

El segundo objetivo, como estaba mandado, era saber cómo narices sería posible meter en un Seat 850 (en un Seat 600 ya era misión prácticamente imposible) todo lo que se había ido bajando al portal durante casi dos horas de despliegue táctico. A saber, tres maletas, una nevera, dos bolsas de mano, dos sombrillas, una canoa hinchable (afortunadamente sin hinchar), artilugios varios para ir a la playa (palas, cubos, manguitos…), la jaula del canario, que ya se estaba poniendo más amarillo de lo habitual, y, lo que era más problemático aún, el padre, la madre, los dos niños… y la abuela, que cada año ocupaba más espacio, como si fuera creciendo en ella un espíritu colonizador.

Como era fácil adivinar, para dar por cerrada la «operación salida», era preciso empezar con el relleno del vehículo en cuestión. Las maletas en el maletero, como es lógico y natural, que para eso se llamaba así; los niños en los extremos de la parte trasera haciendo de cojinetes para la abuela, a la que se le encomendaba la ardua labor de llevar encima la jaula, y los padres, claro, en los asientos delanteros, ya con cara de pocos amigos, dispuestos a soltar en cualquier momento aquello de: «¡Quieres estarte quieto, Pepito!» «¡Queréis dejar de molestar a la abuela y no moveros tanto!». Esta última reflexión resultaba algo inadecuada, habida cuenta de que los pasajeros de atrás íbamos literalmente inmovilizados entre la canoa, las bolsas de mano, la nevera, las sombrillas y los artilugios de la playa. Se entendía ahora por qué aún no se había impuesto el cinturón de seguridad. Y es que moverse durante los viajes resultaba una misión prácticamente imposible.

Finalmente, todo parecía listo para emprender el viaje a lo desconocido; mejor dicho, a lo que ya conocíamos todos, porque lo de ir siempre al mismo sitio a pasar unos días de vacaciones era algo institucionalizado, que no se cambiaba por nada del mundo. Pues allá que íbamos… Arrancar el coche, sin antes comprobar que no faltaba nada, como si hubiera algo más por llevar, una acelerón que estampaba al canario contra el pecho de la abuela, y adelante…

Camino de la playa

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que un año más no aprendíamos es que entre el preoperatorio, o sea, la compleja tarea de los preparativos, y la llegada al punto de destino nos quedaban como mínimo alrededor de 10 o 12 horas, por lo que el entusiasmo inicial por disfrutar de unas merecidas vacaciones no tardaba demasiado en apagarse.

Para empezar, el resultado de salir de madrugada para evitar los atascos resultaba nuevamente infructuoso. Es más, a veces hasta encontrábamos aglomeración de coches incluso a la hora de salir del barrio, lo que reafirmaba la teoría de que cientos de vecinos más habían tenido la misma y «brillante» idea de emprender camino antes de que amaneciese.

Pero, resuelto aquel primer percance, pronto nos encontraríamos con el segundo, y también habitual, obstáculo para, por fin, emprender un largo y placentero viaje. La cuestión es que, como siempre, apenas a treinta kilómetros de iniciado el viaje, la abuela tenía la urgente necesidad de ir al servicio, que mira que se lo decíamos antes de salir, pero nada; sus costumbres no había quien se las quitara. Así que… parada obligatoria en el sitio de todos los años.

Con todas aquellas alteraciones, claro, era normal que enseguida nos topáramos con el primer e interminable atasco. Y siempre la misma pregunta: «Pero ¿de dónde han salido tantos coches de pronto?». Pues, probablemente, de los lugares en los que casi todo el mundo había tenido que detenerse para satisfacer las «necesidades» de las respectivas abuelas.

En pleno verano, bajo aquel sol de justicia y sin aire acondicionado, que desgraciadamente aún no se había inventado, el atasco era como hacer oposiciones para entrar en el infierno. Resultado: no solo nos achicharrábamos los ocupantes del vehículo, sino también el dichoso 850, que no tardaba en empezar a hacer señales de humo, como si tuviera ascendencia apache, lo que nuevamente obligaba a parar para que se enfriara… Y así una y otra vez a lo largo de aquella carretera de doble sentido en la que adelantar era como vivir una aventura en mitad del desierto del Serengueti.

Hasta que, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, allá a lo lejos parecía divisarse una sombra azulada que nos anunciaba gozosamente que nuestro destino estaba cerca. El sufrimiento del tedioso viaje se había acabado, ¿o no?…

Objetivo cumplido

Playa de Las Arenas (Valencia, 18-8-1967), donde ya se dejan ver los primeros bikinis. Foto: EFE

… Afortunadamente, en apenas media hora, podíamos confirmar que, en efecto, aquella sombra azulada que divisábamos a lo lejos, era el mar Mediterráneo que bañaba la playa a la que, cada año, acudíamos a pasar unos reconfortantes días de descanso.

Lo de descanso era un eufemismo porque, como siempre sucedía, al final de las vacaciones descubríamos que el mayor descanso de aquel verano era volver plácidamente a casa, ponerse el pijama y tumbarse en el sofá a ver la tele.

Pero, ya que estábamos allí, después de doce horas de intenso y «movidito» viaje, había que aprovechar esos días de asueto. Y lo primero, nada más llegar, era proceder con bendita paciencia a la «operación desmontaje», o sea, ponernos manos a la obra a tratar de sacar del 850 todo lo que habíamos traído y que resultaba increíble que hubiera encajado sin que el coche, en mitad del viaje, hubiese reventado. De hecho, hasta parecía más ligero de equipaje, lo que incluso, a veces, nos hacía creer por un momento que, sin darnos cuenta, habíamos dejado abandonada a la abuela en alguna gasolinera —una idea a considerar para las vacaciones del próximo verano—. Pero, claro, teniendo en cuenta cómo el vehículo a duras penas podía con su alma, estaba claro que solo había sido un lapsus absurdo.

Y así, como quien no quiere la cosa, finalmente lográbamos desarmar al coche y aliviarlo de tanto peso. El peso ahora nos tocaba a nosotros porque, como ya advertíamos cada año, no era apropiado alquilar un apartamento en un sexto sin ascensor, que era como escalar el Everest en pleno mes de julio o agosto cargados de maletas, accesorios playeros, bolsas, jaula de canario…; es decir, un reto que ni el propio Edmund Hillary hubiera sido capaz de superar.

Pero era lo que tocaba hacer. Al fin y al cabo, después de tanto esfuerzo, nos aguardaba el paraíso en un apartamento con vistas al mar, con terraza, acogedor y muy fresquito para dormir por las noches. Seguro que todos, padres, niños, abuela y canario, que después del viaje parecía que hubieran pasado por el taxidermista, estaríamos encantados con aquella confortable estancia. Y con esa optimista ilusión abrimos la puerta del apartamento…

[continuará o no]

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