Llegada del hombre a la Luna

Buzz Aldrin ante la bandera de EE UU en la Luna, el 20 de abril de 1969 (NASA)

Según la rumorología popular, hay tres momentos de nuestra historia en los que todo el mundo recuerda qué estaba haciendo en ese justo momento. Uno es la cogida de Manolete, el 28 de agosto de 1948, en la plaza de toros de Linares. Otro, el histórico gol de Zarra a Inglaterra en el Mundial de Brasil, el 2 de julio de 1950. Y, por último, la llegada del hombre a la Luna, el 20 de julio de 1969, de la que se cumplen cincuenta años.

La verdad es que no sé si todo esto es creíble o si simplemente es una «leyenda urbana», salvo que, tal vez por casualidad, los tres acontecimientos se produjeron en verano, quizá una época en la que el cuerpo y la mente se relajan y la imaginación se pone con facilidad en marcha. En todo caso, es probable que algo de cierto haya en todo eso. Y lo digo no por lo de Manolete y lo de Zarra, de lo que solo tengo constancia escrita o gráfica, porque ni siquiera había nacido, pero sí debo decir que recuerdo perfectamente dónde estaba y qué hacía cuando, en efecto, el «intrépido» comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer hombre en pisar la Luna.

¿Qué emocionante, a qué sí? Eso al menos pensamos todos aquellos niños que estábamos en las colonias veraniegas que el colegio organizaba cada año en Burgohondo (Ávila) y que tuvimos la suerte de ver por televisión. Y es que realmente estábamos «alucinados», nunca mejor dicho, contemplando aquellas fantásticas imágenes que, la verdad, no sabíamos muy bien si eran reales o se trataba del tráiler de una película de ciencia ficción que iba a estrenarse pronto; o sea, la propia teoría que durante tanto tiempo se ha mantenido viva.

¡Y cómo nos emocionó cuando, nada más pisar el suelo lunar, dijo aquello de: «Un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad», que, por cierto, siempre hemos recordado como «un pequeño paso para “el” hombre». Cosas, quizás, de la tensión del momento.

Fuera como fuese, y sea cual sea la cuartada que cada uno tenga para explicar dónde se encontraba el «día de autos», digo, de «naves espaciales», la verdad es que bien a través de la radio, bien de la televisión, en este caso con los oportunos comentarios del inimitable Jesús Hermida, muchos fuimos los españoles que tuvimos el privilegio y la emoción de vivir aquel extraordinario momento. Algunos, cierto es, no se acababan de creer lo que estaban viendo. Otros, en cambio, creían más que nunca en la ciencia o en los milagros. Muchos pensaron que, por suerte, aquello permitía soñar que, tal vez algún día, sería posible habitar otros mundos, que este en el que vivíamos parecía demasiado irritado consigo mismo.

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