50 años de Woodstock

Todo lo que falló y seguimos haciendo mal en los macrofestivales

Por Carmen López («eldiario.es», 14-8-2019)

Lo que pasó en el festival de Woodstock de 1969 puede resumirse en cuatro días de música, psicotrópicos, amor y barro. Aunque la historia confirmó que fue mucho más que eso, claro. Ese evento del verano del amor fue el germen de uno de los grandes negocios de la industria musical y de una nueva forma de consumo de cultura: el atracón. Este 15 de agosto celebra su 50 aniversario, una efeméride difícil de obviar.

Woodstock fue una especie de episodio piloto y lo lógico es que los organizadores de festivales posteriores hubieran ido solucionado los problemas que presentó para no repetirlos, pero algunos no han sido estudiantes muy aplicados. En el famoso documental «Woodstock: 3 Days of Peace & Music» («Woodstock: 3 días de paz y música»), dirigido por Michael Wadleigh y montado por un joven Martin Scorsese, se ve detalladamente (dura 184 minutos) qué salió mal en aquellos días. Estos son algunos de los factores más importantes que se deberían tener en cuenta a la hora de programar un evento de estas características.

Prestar atención al parte del tiempo meteorológico

El domingo 17 de agosto de 1969 una tormenta de lluvia y viento suspendió el festival durante varias horas tras la actuación de Joe Cocker, con su mítica versión de «With a Little Help from My Friends» de The Beatles. Los hippies, animados por la organización, pusieron todos sus esfuerzos en cambiar el clima gritando «No rain, no rain!» («¡lluvia no!», en castellano) pero no sirvió de mucho.

Aún así, los responsables consiguieron alejar a la gente de las torres de electricidad y evitar desgracias. También hay que tener en cuenta el público creía en la paz y el amor (y la marihuana), así que se dedicaron a mojarse y jugar en el barro.

No ocurrió lo mismo en el Festimad de 2005, por ejemplo. El parque de la Cantueña de Fuenlabrada (Madrid) se convirtió en el escenario del caos cuando el festival tuvo que detenerse durante cinco horas debido a las fuertes rachas de viento que amenazaban con tirar abajo las estructuras. Para pasar el tiempo, gran parte de los asistentes saquearon las barras y quemaron cosas (coches, chiringuitos…). Cuando el evento se reanudó con la actuación de Prodigy, el recinto parecía un escenario de «Mad Max».

Estudiar la ubicación

El refranero popular puede llegar a dar mucha rabia por certero. Y en esta ocasión, «de aquellos barros vienen estos lodos» da en el clavo. En aquel terreno de Bethel hubo mucho de lo primero, pero es comprensible teniendo en cuenta que, entre otras cosas, faltaba experiencia. El evento se celebró en la granja de Max Yasgur, a unos 70 kilómetros del pueblo, ya que los vecinos quisieron establecer distancia con los melenudos.

Lo que es más difícil de entender es que el festival de Glastonbury siga celebrándose en un terreno de Somerset (Inglaterra), que cada año se convierte en un lodazal. El profesor Tony Brown, de la universidad de Southampton, ha advertido que esto se debe más al tipo de suelo que al clima, pero no parece que su observación vaya a servir de mucho. El próximo año, el evento cumple medio siglo.

Tampoco se libraron los asistentes al Arenal Sound en 2015, cuando una tormenta convirtió el recinto de Burriana (Castellón) en una réplica de Woodstock 69′. Curiosamente, y pese a las quejas en las redes sociales, gran parte de la concurrencia optó por el espíritu del festival hippie y organizó carreras en el lodazal para seguir la fiesta.

Gestionar correctamente el aforo

Los organizadores de Woodstock preveían una afluencia de las 250.000 personas que habían comprado sus abonos. Lo que no se imaginaron fue el demencial poder de convocatoria que iba a tener su evento. Las cifras de asistentes no están muy claras, pero sin duda superaron cualquier cálculo. En el documental de Wadleigh se llega a hablar de 1 millón de personas, aunque posteriormente se conjeturó que fueron unas 450.000.

Por suerte el festival era al aire libre y había campo por el que distribuirse, porque si no el resultado podría haber sido catastrófico. Ante el desbordamiento, con jóvenes atravesando las vallas y entrando por cualquier recoveco, los responsables resolvieron que el festival sería gratuito (puede que a los que pagaron los 18 euros de la entrada no les hiciese mucha gracia) y dejaron entrar a todo el que quisiera.

Pese a que no acabó en hecatombe hubo muchos problemas de organización. Personas agobiadas por la cantidad de gente que había, falta de comida y muchos problemas para regresar a casa, fueron los más notables.

La autopista de Nueva York se cerró debido a las demoras de hasta ocho horas en la circulación (algunos artistas e incluso asistentes tuvieron que llegar en helicóptero) y no había transporte suficiente para evacuar a todos los presentes. Además, tampoco quedaba gasolina en los alrededores. El documental recoge testimonios de jóvenes que no sabían si podrían llegar a tiempo a sus puestos de trabajo al terminar el festival -de hecho, duró cuatro días en lugar de los tres programados- y preocupados por cómo salir de allí.

La comuna de Hog Farm ayudó a abastecer de comida al público, que se quedó sin nada que echarse al estómago el primer día y los vecinos del pueblo (los que no odiaron a los hippies por arrasar con los víveres de la localidad) también enviaron productos. «Son buenos chicos, no podemos dejar que se mueran de hambre», declaró en la cinta uno de los ciudadanos solidarios, que tenía a su hija en la granja de Yasgur. Un vecino denunció años después al dueño del terreno por negligencia, pidiendo 35.000 dólares por daños y perjuicios.

El Mad Cool de 2018 es un buen ejemplo de organizadores que no se documentaron bien sobre lo ocurrido en 1969 en Woodstock. Colas eternas para 80.000 personas que tuvieron que el primer día tuvieron que esperar horas bajo el sol para acceder al recinto y después para pedir en las barras, con un personal completamente desbordado y que no daba abasto.

El transporte también fue un gran problema a la salida por escaso. Pocos autobuses, paradas de metro colapsadas y tarifas de Uber que alcanzaron los 90 euros (la empresa era una de las patrocinadoras del festival y se podía reservar un coche a través de su aplicación) dejaron a los asistentes esperando durante horas por un medio que les llevase a sus casas.

Asistencia médica

En Woodstock hubo una muerte por sobredosis y otra por atropello. Además nacieron dos bebés —que se sepa— y más de 5.000 personas tuvieron que ser asistidas por personal sanitario. El ejército estadounidense acudió a la zona para llevar a 45 médicos voluntarios para ayudar. Fueron recibidos con abucheos —en plena guerra de Vietnam los jóvenes hippies no estaban muy contentos con las fuerzas armadas de su país— pero la organización pidió calma porque sus servicios eran claramente necesarios.

De nuevo, el Mad Cool tampoco tuvo mucho ojo con el tema de salud en 2018. Debido a las aglomeraciones, el personal sanitario lo tendría muy difícil para acceder al lugar en el que hubiese un problema, como contó en Twitter el pediatra David Andina. Este relató que tuvo que atender dos síncopes y presenció otros dos. Además, el colectivo enfermero denunció que en la oferta de trabajo publicada para contratar al equipo de salud se les pedía que llevasen su propio material de trabajo, según recogieron en Redacción Médica. En el festival falleció el acróbata Pedro Aunión al caerse de un cubo que sostenía una grúa.

Lecciones que sí calaron

Controlar las drogas

No en aspectos de prohibición sino de seguridad. Que en los festivales se toman estupefacientes es innegable y algunos han decidido que la mejor manera de evitar contratiempos es asesorar a los consumidores de lo que se van a «meter». En Woodstock avisaron de una mala partida de «ácido color café», que podía proporcionar un mal rato a quien lo tomase en lugar de diversión.

Desde hace algunas ediciones, el festival barcelonés Sónar ofrece los servicios de la empresa Energy Control, que analiza de forma gratuita y confidencial acerca de los componentes de las sustancias. Así, el potencial consumidor podrá evaluar si le merece o no la pena drogarse.

Prever caídas de cartel

Las bandas Iron Butterfly y Sweetwater no consiguieron llegar a tiempo al festival. Para cubrir el hueco que dejaron los segundos, se impartió una sesión de yoga kundalini y así mantener relajados a los hippies. Otro caso fue el de Tim Hardin, el artista encargado de abrir las actuaciones del primer día. No pudo salir al escenario, ya que estaba demasiado drogado. En su lugar tocó Richie Havens, que alargó su actuación todo el tiempo que pudo para que la programación siguiese como estaba previsto. Su última canción, «Freedom» fue una versión improvisada del canto Motherless Child.

Actualmente las cancelaciones en los festivales son habituales, especialmente las cabezas de cartel como Frank Ocean en el Primavera Sound en 2017 se resolvió con la devolución del importe de las entradas. Su hueco lo llenó Jamie XX. En la edición de 2018 del mismo festival el trío de hip hop Migos, no pudo llegar a tiempo y MC de grime británico Skepta les sustituyó en el momento.

Y al hilo de cancelaciones, hay que añadir otra: la del Woodstock 50. El festival, que estaba dedicado a festejar el medio siglo desde que se celebró el evento original, ha sido anulado después de que varios artistas anunciaran que no acudirían tras verse forzada la organización a cambiar el lugar. «Nos entristece que una serie de contratiempos inesperados hayan hecho imposible organizarlo», dijo su cofundador, Michael Lang. Parece que Woodstock no ha aprendido demasiado de su propia historia.

https://www.eldiario.es/cultura/musica/Todas-lecciones-aprendidas-Woodstock-macrofestival_0_928107448.html

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