R8: El enemigo en casa

No sé por qué extraña razón había la costumbre de aferrarse a algo, fuera cual fuera su rendimiento, e incluso de que ese gusto se transmitiese de padres a hijos. Y eso precisamente fue lo que sucedió con aquel querido Renault 8 blanco que compró mi padre, no recuerdo exactamente qué año. De lo que sí me acuerdo es de que subirse a él era como vivir una emocionante aventura de intriga y misterio, ya que jamás se sabía qué podía suceder en un viaje largo o en un simple desplazamiento cuatro calles más abajo.

De lo que sí teníamos constancia es de que habría que parar cada 50 km porque, fuera verano o invierno, el susodicho vehículo no tenía mejor ocurrencia que poner a calentar el agua del radiador como si fuera un manantial de aguas termales. Con esas, cualquier viaje tenía un tiempo indefinido y, eso sí, permitía conocer el camino casi palmo a palmo, porque había pocos lugares en los que no tuviéramos que parar a descansar un largo rato.

Pero lo del recalentamiento solo era una de sus muchas gracias. La otra más llamativa era rezar cuando empezaba a notarse que soplaba algo de viento, porque lo de tener el motor en la parte trasera y una chapa de juguete hacía que, en carretera, el maldito R8 oscilara de un lado a otro como si estuviera bailando el vals de las olas. En fin, lo dicho: una intrigante aventura, pese a la cual todos mimábamos y queríamos a esta «oveja negra de la familia», que no hacía más que darnos disgustos.

Lo más lamentable aún es que, conociendo al dedillo los antecedentes, cuando a los 18 años pude comprarme mi primer coche, no tuve ocurrencia más brillante que adquirir también un R8, quizá con la esperanza de que este no me traicionaría. ¡Ingenuo de mí! La única diferencia entre el coche de mi padre y el mío es que aquel era blanco y el mío verde. Por lo demás, el traidor volvió a reproducir, una a una, las rocambolescas peripecias que me hizo vivir de pequeño, salvo lo de la oscilación, que para eso en el maletero delantero le coloqué todo un arsenal de objetos de hierro que sirvieran de contrapeso. ¡Algo era algo!

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