Vida y «milagro» del balón de reglamento

A la hora de decidir a qué jugábamos esa tarde en la calle, no era difícil hacernos con unas cuantas canicas para jugar al «gua», unas peonzas para bailarlas, unas tabas, unos tacones de zapatos o unas chapas para inaugurar la «Vuelta ciclista con chapas», cuestiones todas ellas ya tratadas y analizadas con anterioridad. El problema surgía cuando a muchos nos apetecía echar un partido de fútbol. Y no es que no pudiéramos conseguir un balón de fútbol, porque siempre alguno tenía en su casa uno de goma, como se conocía entonces. La cuestión es que era tan ligero, que cuando le dabas una patada se disparaba calle abajo unos cientos de metros, así que solíamos pasarnos más tiempo yendo a por el balón que jugando.

Si lo del balón de goma acababa fatigándonos, siempre teníamos la opción de hacer uno casero, algo más pesado y que no nos trajera tanto de cabeza. Por lo general, para hacerlos utilizábamos unas cuantas hojas de periódico, con las que hacíamos un gurruño hasta lograr que estuviera lo más redondeado posible. A continuación, envolvíamos aquel batiburrillo de papel con algún trozo de tela o escay, y finamente lo ajustábamos todo con alguna cinta adhesiva, que no recuerdo bien si era aislante o un simple celofán. ¡Y ya teníamos balón! Claro que si el de goma hacía que pasáramos media tarde yendo a buscarlo, este casero era tan desigual, que no sabíamos adónde iría cuando botaba en el suelo. A veces incluso, cuando intentabas darle un patada, te dejaba con la pierna en el aire, porque no había manera de controlarlo. En fin, ¡una ruina total!

Por eso, para jugar al fútbol, lo que todos deseamos era poder tener un balón de los buenos, o sea, «de reglamento», de esos de cuero con los que se jugaban los partidos de verdad. El problema es que eran muy caros, y ninguno de nosotros tenía uno, por mucho que se lo hubiéramos pedido a los Reyes, así que no había más remedio que conformarse. Pero, ¡oh sorpresa! Un día, como el que no quiere la cosa, descubrí que el portero —hoy conserje— de la finca en la que vivía, José María, un hombre afable, cariñoso, muy educado y más trabajador aún, sabía hacer balones de esta guisa. De hecho, más de una vez comprobé cómo dentro de su garita cortaba minuciosamente un retal de cuero en varios trozos, y luego procedía a coserlos, con no menos minuciosidad. Por fin un día, después de unas semanas vigilándolo, pude ver un balón terminado. Sí, y no un balón cualquiera, sino justo el balón que soñábamos tener.

¡Pero, ojo, porque aquí no termina la cosa! Por suerte, el «jugador franquicia» del equipo era Chema, su hijo, que cómo él mismo recuerda con verdadera emoción: «El domingo siguiente, al despertarme, abrí los ojos y vi a mi padre con un balón de reglamento en sus manos. ¡Era precioso! “Es para ti —me dijo—. Lo he cosido con mis manos para demostrarte el cariño y el amor que te tengo”. ¡No me lo podía creer!

Aquel fue mi primer balón y, desde aquel día, nunca me faltaron. Siempre iba con uno debajo del brazo hecho por mi padre».

¡Y luego que los milagros no existen!

Ni que decir tiene el alborozo que se montó entre la hinchada infantil del barrio la tarde en la que Chema se presentó con el «balón de reglamento» que con tanto cariño le había hecho su padre*. Poco tardamos en echar a pies para elegir a los que iban en cada equipo, ¡y jugar! Bueno, y qué maravilla. Qué bien se jugaba con él, aunque un poco pesado sí que era, teniendo además en cuenta que, acostumbrados como estábamos al de goma y al casero, aquel a veces era como darle una patada a un pedrusco. Pero ahora sí que parecía que jugábamos de verdad.

Bueno, no del todo porque, para rematar la equipación, lo que nos faltaba era poder tener una botas de fútbol, de esas que entonces tenían lamas de madera. Así que nuestro segundo objetivo era conseguir unas, aunque para ello hubiera que chantajear a padres, abuelos, tíos o padrinos. ¡Y el chantaje surtió efecto! De hecho, a las pocas semanas ya disponíamos de botas para jugar. Eso sí, con lo que no habíamos contado era con que habitualmente jugamos en la misma calle, ya que apenas si pasaban coches, así que era toda nuestra para jugar a lo que quisiéramos. Y claro, aquellas botas con lamas de madera resbalaban en el asfalto que era un contento, con lo que no había partido en el que todos acabáramos dándonos más de un culetazo cada vez que íbamos corriendo detrás del balón.

Yo creo que, aunque no nos atreviéramos a decirlo en voz alta, más de uno empezó a echar en falta aquellos partidos con el balón de goma y las bambas con las que solíamos jugar. ¿Qué no?

 

* He de confesar que no sé con exactitud si aquel episodio del balón de reglamento fue así, tal cual lo cuento, si es pura invención o incluso si realmente se produjo el milagro, pero algo de emoción había que darle al asunto y no dejarlo en una simple anécdota. Lo único verdaderamente cierto es que José María hacía unos balones que daba gusto verlos y que su hijo, Chema, era la auténtica «franquicia» del equipo. ¡Ah!, y a él sí que su padre le regaló uno, para que conste en acta.

Texto incluido en el libro «El Retrovisor. Un paseo emocional por la memoria» (El ojo de Poe, 2029), páginas 247-249

https://www.elkar.eus/es/liburu_fitxa/retrovisor-el-un-paseo-emocionante-por-la-memoria/molina-melgarejo-jose/9788412039467

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