Pepe Isbert, «actor de cabecera»

Resultaría difícil entender muchas de las películas españolas de los años 50 y 60 sin la presencia de aquel extraordinario actor que atendía al nombre familiarmente reconocido de Pepe Isbert, aunque, para que quede constancia de ello, el auténtico era José Enrique Benito y Emeterio Ysbert Alvarruiz.

«Cómico de la legua», como se decía antaño, formado en los prolíficos escenarios de principios del siglo XX, tardó poco en abandonar su tarea de profesor mercantil y su puesto en el Tribunal de Cuentas para dedicarse a interpretar obras de Arniches o Benavente, lo que, al parecer, le daba más satisfacciones personales, pero seguramente menos réditos económicos.

Y así, durante largos años, se fue forjando como actor teatral y ocasionalmente de cine, aunque de esto último hay sobre todo relevante constancia a partir de los años 40. Y es que, en esa década, el nombre de José Isbert fue adquiriendo notoria popularidad gracias a las películas en las que trabajó a las órdenes de algunos de los directores más celebrados del cine español de la época, como Ladislao Vajda, Ignacio F. Iquino, Juan de Orduña, Rafael Gil y Antonio Román.

Pero, como la memoria nos dicta, de él empezamos a tener recuerdos imborrables cuando lo descubrimos en película también inolvidables como «Bienvenido, Mr. Marshall» (1953), «Los jueves, milagro» (1957), las dos del impagable Luis García Berlanga; «Historias de la radio» (1955), de José Luis Sáenz de Heredia; «El cochecito» (1960), de Marco Ferreri; «El verdugo» (1963), también de Berlanga, y, por supuesto, «La gran familia» (1962), de Fernando Palacios, en la que daba vida a aquel entrañable y desesperado abuelo que definitivamente nos convenció de que era obligado adoptar a Pepe Isbert como nuestro «actor de cabecera».

Y es que, quizá como pocos otros intérpretes, con su voz ronca, su aspecto bonachón y la ternura con la que construía sus personajes consiguió hacernos reír, llorar y emocionarnos con igual intensidad, lo que ha hecho que muchos conservemos siempre fresco el recuerdo de Pepe Isbert en nuestra memoria individual y colectiva.

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