Zapatero a tus zapatos

Por lo general, y salvo alguna excepción que yo no recuerde, las tiendas, fueran del tipo que fueran, no tenían nombre. Así que la cuestión a la hora de tener que salir a «hacer un recado» era la siguiente: «Niño, vete a Don José y compra una docena de huevos»; «Niño, baja a Doña Concha y te traes media barra de pan, dos trenzas y un mojicón»; «Niño, vete a Don Emiliano y le dices que te dé un poco de aguarrás»… Y así sucesivamente, con lo cual era evidente que el lugar del barrio donde se arreglaban zapatos solo podía atender a un nombre: «Mariano el zapatero», que, por alguna razón que desconozco, quizá por la familiaridad que teníamos con él, no llevaba el Don delante. Continuar leyendo “Zapatero a tus zapatos”

«El barrendero les desea felices fiestas»

Ya por estas fechas, próximas a la llegada de la Navidad, no había día en que no sonora el timbre de la puerta y, al abrir, nos encontráramos con alguien que venía a felicitarnos las «pascuas» y desearnos un «próspero año nuevo», siempre, eso sí, con la loable finalidad de que voluntariamente le diéramos el correspondiente aguinaldo. Continuar leyendo “«El barrendero les desea felices fiestas»”

La barbería, «centro de tratamiento capilar»

Si había un lugar en el barrio que podía distinguirse a lo lejos, era aquel que de su fachada sobresalía una especie de reluciente poste, que más bien parecía una piruleta gigante, adornado con líneas de colores rojo, azul y blanco, aunque también cabía la opción de que la susodicha combinación colorística simplemente luciera alrededor de la fachada o de la puerta en entrada. Pues aquel lugar que, si uno andaba despistado, podía pensar que era una delegación del consulado de Francia en el barrio era la «peluquería», también conocida como «barbería», según lugar, época, gustos e interpretaciones. Continuar leyendo “La barbería, «centro de tratamiento capilar»”

Tienda de ultramarinos: «centro multifuncional»

Hoy día es fácil encontrarse con un centro comercial o un supermercado casi a la vuelta de la esquina, en los que, además, es posible comprar de todo, y con todas las opciones posibles tanto en variedad como en precio. O sea, para ser más exactos, si por ejemplo uno tiene pensado comprar leche y no sabe muy bien cuál llevarse, puede elegir tranquilamente entre fresca, entera, semidesnatada, desnatada, sin lactosa, enriquecida en calcio, con Omega-3, con gluten o sin gluten…; sin olvidar, por supuesto, las vegetales o ecológicas, tales como de avena, de soja, de arroz, de almendras.., y no sé cuantas otras más. ¡Ah, y ojo a las ofertas de precios del tipo 2×3, 3×1, la segunda a mitad de precio, etc. En definitiva, todo un galimatías, que hace que el ir a comprar a veces se convierta en un complejo tratado de «filosofía cuántica», si es que, perdóneme el respetable, algo así existe. Continuar leyendo “Tienda de ultramarinos: «centro multifuncional»”

La panadería del barrio

Allá por los años 60, justo enfrente de mi casa, se encontraba la seductora «panadería de Doña Concha», que era como se conocía entre los vecinos porque, ahora que lo pienso, no tenía ni nombre, en realidad como muchas de las demás tiendas que había en el barrio, como la de ultramarinos de «Don José» o la mercería de «Mari Pili». ¿Y para qué? Lo verdaderamente importante es que, ya a primera hora de la mañana, aquel maravilloso olor a pan recién hecho que salía de la tienda se colaba por las rendijas de las ventanas y nos anunciaba un nuevo día, que prometía ser muy «sabroso».

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¡La leche, en la lechería!

Ahora que tanto se habla de especialización, no estaría de más recordar que hubo un tiempo en el que, al menos en lo que a cuestiones de alimentación se refería, la venta de casi todos los productos estaba perfectamente «especializada». Quiero decir con eso que, a diferencia de hoy, en que la mayoría de las cosas están centralizadas en un gran superficie, salvo excepciones que ahora no vale la pena referir, todo el mundo tenía claro adónde debía dirigirse para comprar un producto. Es decir, para que nos entendamos: una barra de pan, a la panadería; un kilo de plátanos de Canarias, que eran los únicos que entonces degustábamos, a la frutería; un kilo de cinta de lomo, a la carnicería; una docena de huevos, a la huevería; mitad de cuarto de «mortadela sevillana», que tanto les gustaba a las madres darnos para merendar, a la charcutería, y, por último, para no ser demasiado reiterativo, un litro de leche, a la lechería. ¡Pues más claro, agua!

agustina
Poblado de Refinería (Murcia): «Agustina, ¡sin el pelo blanco!, está rellenando los cántaros y botellas de leche. Detrás podemos ver a su hija Sole», como bien detalla Javier Martín Albaladejo en su estupenda web (http://lapaginadelpoblado.webcindario.com).

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Tiendas de ultramarinos

«La tienda verde» era un pequeño establecimiento situado en un castizo barrio madrileño. Su bonita fachada conservaba la estructura original de madera con la que se había inaugurado hacía más de 25 años, y estaba pintada de un verde luminoso, o sea, del mismo color que le daba nombre. Además, en uno de sus laterales, aún pervivía una huella de la guerra civil: una flecha pintada con trazo grueso, debajo de la cual podía leerse: «AL REFUGIO». Continuar leyendo “Tiendas de ultramarinos”