«El fugitivo» ¡Como pille al manco!

Hay que ver la de sofocos que, durante casi cuatro años, nos hizo pasar el bueno de Richard Kimble (David Janssen), aquel pediatra al que acusan injustamente de haber matado a su esposa. Pero si el día del asesinato él había visto salir de su casa a un tipo al que le faltaba un brazo, ¿cómo es posible que la policía no le creyese?

Así que al pobre Dr. Kimble no le quedó otra solución que huir de la justicia para tratar de encontrar al malísimo manco, que se escurría como una serpiente. Para ello, no tenía más remedio que moverse sin parar de un sitio a otro, escondiéndose como podía y utilizando todos los disfraces posibles, mientras a él le seguía el rastro el implacable teniente Philip Gerard (Barry Morse), el policía que se había empeñado en volver a detener a Kimble. ¡Desde luego, había que tener mala uva! Continuar leyendo “«El fugitivo» ¡Como pille al manco!”

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Aquellas preciosas canicas

Me encantaban las canicas, pero no solo por lo de jugar con ellas al “gua”, que era para lo que básicamente estaban destinadas, sino porque me parecían preciosas. En realidad, pensaba que era un milagro que pudieran hacerse aquellas bolas de cristal transparente rellenas de colores. Y, por si fuera poco, las había para todos los gustos: grandes, pequeñas, rojas, azules, amarillas, verdes…, y con todas las combinaciones posibles de tonos, lo que las hacía más atractivas aún.

canicas

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Canción a Granada

¡Cómo te siento, Granada, cómo escucho el plenilunio de tu cielo infinito, el rumor de tus lágrimas debatiéndose entre fuentes y esquinas, en las callejuelas estrechas y dolientes que conducen a la entraña de lo desconocido! ¡Ay Granada, furtiva y eterna! ¿Qué tiene tu cuerpo que, al amanecer, se quiebra como los suspiros y los vientos? Continuar leyendo “Canción a Granada”

¡La leche, en la lechería!

Ahora que tanto se habla de especialización, no estaría de más recordar que hubo un tiempo en el que, al menos en lo que a cuestiones de alimentación se refería, la venta de casi todos los productos estaba perfectamente «especializada». Quiero decir con eso que, a diferencia de hoy, en que la mayoría de las cosas están centralizadas en un gran superficie, salvo excepciones que ahora no vale la pena referir, todo el mundo tenía claro adónde debía dirigirse para comprar un producto. Es decir, para que nos entendamos: una barra de pan, a la panadería; un kilo de plátanos de Canarias, que eran los únicos que entonces degustábamos, a la frutería; un kilo de cinta de lomo, a la carnicería; una docena de huevos, a la huevería; mitad de cuarto de «mortadela sevillana», que tanto les gustaba a las madres darnos para merendar, a la charcutería, y, por último, para no ser demasiado reiterativo, un litro de leche, a la lechería. ¡Pues más claro, agua!

agustina
Poblado de Refinería (Murcia): «Agustina, ¡sin el pelo blanco!, está rellenando los cántaros y botellas de leche. Detrás podemos ver a su hija Sole», como bien detalla Javier Martín Albaladejo en su estupenda web (http://lapaginadelpoblado.webcindario.com).

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El pequeño ruiseñor

Antes de que las niñas tuvieran su particular estrella infantil, o sea, aquella preciosa niña de ojos azules llamada Marisol que, en 1960, iluminó los corazones de toda España como si hubiera entrado «un rayo de luz», en 1957 los niños ya habíamos descubierto a nuestro propio ídolo. Y es que ese año se estrenó El pequeño ruiseñor, una película bastante sensiblera, como gustaban entonces, protagonizada por un niño de apenas 13 años llamado Joselito que cantaba como los ángeles. Continuar leyendo “El pequeño ruiseñor”

«Volverán las oscuras golondrinas…»

Becquer
El famoso retrato de Gustavo Adolfo realizado, en 1862, por su hermano Valeriano Bécquer.

Hubo un tiempo en que, desconozco muy bien por qué, a los españoles nos encantaba el poeta y narrador sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, oficialmente bautizado como Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida. Sería quizá por el efecto devastador de algún flechazo recibido en algún momento, sin que nos diéramos demasiada cuenta de ello.

El caso es que, sobre todo las adolescentes –otra cuestión que daría para una reflexión más profunda–, se leía con verdadera pasión sus obras, en especial sus célebres Rimas y Leyendas, que formaban parte de nuestro paisaje casero cotidiano. Conclusión, no había hogar en España que en la estantería del salón no hubiera un ejemplar de este libro, a ser posible la edición en tapa blanca con estampación dorada del Círculo de Lectores, al que, por cierto, casi todo el mundo estaba suscrito. Continuar leyendo “«Volverán las oscuras golondrinas…»”

El inolvidable festival de la OTI

Hay que ver el entusiasmo con el que acogimos la celebración, el 25 de noviembre de 1972, de la primera edición del Festival OTI de la Canción, cuyo recuerdo resulta francamente estupendo para festejar el Día de la Hispanidad o el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, por citar solo algunos ejemplos que se ahora me vienen a la memoria y que nos sirven para recuperar el espíritu «hispano-americano» de otros tiempos. Continuar leyendo “El inolvidable festival de la OTI”

El Cinerama, «una de las maravillas del mundo»

En diciembre de 1958 se estrenó en el entonces cine Albéniz de Madrid y en el Teatro Nuevo de Barcelona un revolucionario formato cinematográfico que se conocía como «Cinerama». Básicamente, esta nueva maravilla tecnológica, que intentaba darle un mayor aliciente al cine con el fin de combatir la feroz competencia de la televisión, consistía en rodar las películas simultáneamente con tres cámaras de 35 mm y, luego, proyectarlas también con tres cámaras a la vez sobre una pantalla gigantesca, lo que conseguía que las imágenes resultaran realmente espectaculares. El único problema, según parecía, es que se notaban ligeramente las líneas que separaban las tres proyecciones, aunque probablemente esto fue solo un mal menor comparado con lo que luego acontecería. Continuar leyendo “El Cinerama, «una de las maravillas del mundo»”

«Quousque tandem abutere, Catilina…?»

Aunque parezca increíble, en el bachillerato que yo estudiaba dábamos tres idiomas: lengua española, francés ¡y latín! Sí, latín, esa «lengua muerta», que se dice hoy día, en la que está la raíz de la mayoría de las palabras que utilizamos en español; bueno, y también en francés, italiano, rumano…, o sea, en las que, obviamente, se conocen como «lenguas latinas».

Y, desde luego, no era mala razón para que en otros tiempos se intentara que el latín no estuviera muerto, sino más bien vivito y coleando, aunque también hay que decir que no a todos los chicos y chicas que lo estudiaban se les daba bien. A muchos se nos atragantaba lo de las cinco declinaciones, entre las que la reina era sin duda la primera, con su famosa «rosa rosae», que con tanto primor y esmero aprendíamos y recitábamos. Pero también estaba lo del nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo, ablativo y locativo, que nos volvía locos a la hora de construir una frase o de traducirla. Continuar leyendo “«Quousque tandem abutere, Catilina…?»”

A cobro revertido…

Hoy día, que disponemos de teléfonos fijos, móviles, tablets, ordenadores y demás dispositivos que no acierto a saber con exactitud, resulta realmente fácil contactar con alguien casi en cualquier parte del mundo, cuestiones de cobertura y tarifas al margen.

Pues precisamente a los que hoy día les resulta tan cómodo y sencillo saber cómo se encuentra un familiar o un amigo al otro lado del atlántico, o incluso a este mismo lado, seguramente les parecerá increíble que, no hace tantos años, esa voluntad de querer saber cómo andan los demás siguiera siendo la misma, pero lo que ya no era igual era la dificultad que existía para poder tener una mínima noticia de alguien, salvo que nos lo hiciera saber por carta o por telegrama, caso este que más parecía la propuesta de paz del jefe de una tribu india, cuando en él se decían cosas del tipo: «estoy bien – stop – padre qué tal – stop – iré pronto – stop – besos…». Continuar leyendo “A cobro revertido…”